Martina escribe

Blog literario, la escribiente

Martina escribe., relato

La pared se convierte en hojas de papel, escribir en ¿una nueva rutina que cura todos mis males? El albor de sus líneas llama mi atención; un interruptor se acciona en mi cabeza. La mera presión sobre él, es un reto que mis temblorosos dedos no niegan su presencia. El despotismo de estos, dominan todas las acciones que mi mente requiere. Y me lanzo, sin más, a que ellos decidan por mí, sobre la textura granulosa del gotaré de la pared., donde rubricar mi nombre, Martina, el alter ego de una, que se cree escritora de historias con principio y nunca final.

Soy Martina, reclusa en una habitación de hospital. Cuatro paredes custodian mi ser, condenado desde años a aguantarme entre miedos y desconfianzas. Bajo llave, me encierran del exterior evitando la posibilidad y sobre todo el riesgo de dañar aún más, esta razón adulterada por la pureza de sentimientos que no tocan fondo en argumentos de realidad. Mis sentidos, no sé si son cinco ni seis creo, que se multiplican por cientos, desde ver sin mirar a tocar sin dedos; respirar sin inhalar a escuchar el silencio. Desde pequeña cuando sonreía a todos y lloraba sin más, mi madre puso el granito para convencerme de mi sensiblería. Con ello me quedé, la sensiblera de Martina y de esta manera supe que algo en mí no funcionaba al mismo ritmo que los demás.

A final de abril, me sentenciaron a este cuarto aséptico y sin vida, cuyo único ornamento es un ojo que todo lo ve. Ese único objeto se ha convertido en mi gran hermano que vigila todo cuanto hago, un confesor a quien engañar algunos de mis pecados. Algunos de ellos inconfesables, las sábanas son cómplices de ellos. Ellas me ayudan a simular que los minutos transcurren en la ingravidez de una monotonía de sedantes y ansiolíticos. Mas, ellas ocultan el momento en que escupo la dosis exacta de química para no adormecer mis manos y mis pies; mis risas inapropiadas y mis lágrimas legitimadas. Ya salió la legal, esa parte de mí que no entiende que a veces las normas necesitan la excepcionalidad de ser saltadas, igual que el saltador de altura que se lanza en una carrera tomando el impulso necesario para vencer al aire y traspasar el limbo que una barra le separa del cielo. Un paso mal dado supone perder el equilibrio y en menos de lo que se tarda en pestañear, el éxito se desintegra en polvo de estrellas disperso en el averno. De la misma manera que yo cuando debo decidir si saludar al vecino del cuarto segundo, un voyerista escondido en sus gafas de sol ahumadas por el vicio; cuando coincidimos en el mismo ascensor cada mañana, cuando me encamino a mis clases de derecho. Me debato, entre, el buenos días de la buena educación o, una patada allá donde más, le duele mientras me examina de arriba abajo haciendo un alto en mis pequeños pechos que apuntan al frente. Al final, siempre gana mi conciencia de niña educada en el civismo del qué dirán, ese que a mi madre tanto le importa.

Sí, el algodón frío y rasposo de estas sábanas albinas conocen demasiado de mí, como para engañarlas. Ellas arropan todos esos secretos que le evito al ojo que todo lo ve, esa cámara en la esquina izquierda del techo. Esa lucecita que emite cada tres segundos anunciando su presencia más activa que nunca, no conoce que bajo las sábanas puedo contar cada gramo de grasa acumulado por los alimentos que no vomito; ni siquiera descubre cuando pergeño la manera de huir de mi reclusión. Diferentes opciones cavilan mi cabeza, aunque todavía no ha logrado aquella que ralle la perfección del triunfo, sólo encuentro una solución para lograr mi propósito. Vuelta a lo mismo, mi legalismo, siempre me han dicho que saltarme las normas es un pecado y se castiga con el fuego eterno. Mas, cada vez estoy más segura que no quiero estar aquí; dudo sí en esta habitación o en todos sitios, en general. Dominaré las reglas de buena conducta hasta obtener la excepción que reafirme su incumplimiento.

En la pared escribo todo ello, desde estos sentimientos que amenazan con lágrimas negras desprenderse por los poros de mi piel: nostalgia, tristeza, distorsión, inconformismo, indecisión, temor, inseguridad, frustración, desamor… hasta aquello aprehendido en mis sueños: el placer de amar, el reír sin más; el desconsuelo del fracaso, la inexactitud del más allá; versos de palabras inacabadas, cuentos sin final feliz. Estoy dispuesta a dejar constancia en esta hoja de ladrillo infinita, pintada en blanco, de todo aquello que se arremolina a mis pies; hojas caducas de días contados en los pasos de mi paranoia; en las flores muertas engalanando mi tumba de soledad; el reloj que se para a cada vuelta por las sombras acechando la luz que aún entra por la rendija de mi puerta.

Versos, poemas, lamentos y epopeyas compongo desde estas heridas sangrantes que se abren en mi cuerpo, por el bisturí que yo misma empuño, sin que mi alter ego pueda hacer nada ni el ojo viviente consiga frenar.

Soy Martina enclaustrada en su propio dolor de vivir.

10 Comentarios

  1. Impecable, Dolors. No eres una simple escritora, eres una escultora de sentimientos. ¡Bravo, mi princesa!

    • Gracias, Laura. Quiero transmitir exactamente eso, sentimientos.

  2. Es difícil, en este mundo de locos, ser cuerdo. Mucho de lo que nos rodea no tiene nada de normal y convivimos con ello a diario. Complicado saber quien de nosotros está cuerdo o no.
    Tus líneas hacen reflexionar sobre nuestro comportamiento justificado o no. Sobre lo políticamente correcto o no. Todo depende del cristal por el que miramos la vida pasar.
    Buen día. Cuídate.

    • Así es, todo depende de la perspectiva. Saludos, Fernando.

  3. ¿Quién puede estar totalmente cuerdo, en un mundo donde hay tanta maldad y daño?No es acaso el doblar las piernas ante el dolor propio o ajeno un síntoma de humanidad¿Quién puede estar frío e inmutable ante el sufrimiento?Espero que está última pregunta no sea la definición de persona equilibrada.Bravo Dolors!!!

    • No puedo evitar sufrir por todo lo que pasa a mi alrededor, incluso sentirme culpable por lo que digo. Ello también supone un dolor constante y muchas lágrimas. Pero soy así y no lo puedo evitar. Gracias, Pino siempre a mi lado.

  4. Profunda, personal, inquieta; llena de ojos y pieles inerentes de células de Merkel y hormonas sensibles; curiosa, perceptiva, resonante y altiva ante el averno, seguramente absorta de decires místicos y volandas huecas.
    Dolors; me gusta como escribes.

    • Personal lo soy, Martina me acompaña a donde quiera que vaya, su sentir es mi sentir, sus lágrimas las mías; sus palabras recíprocas. Gracias de verdad.

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