El encuentro

Blog literario, la escribiente

El encuentro, relato

Después de una larga noche volteando de derecha a izquierda su colchón, Julia había tomado una decisión. Las decisiones son un plato exótico por saborear, no sabes si te gustará hasta que lo paladeas con todas tus glándulas gustativas exentas de prejuicios y, percibes sus aromas con los ojos cerrados, concentrados en lo que evocan. Si te niegas a probar esos manjares, quizás dejes de tocar el cielo en aromas y sabores. Julia había concluido en esta reflexión, mientras no dejaba de arrullarse en la cama visionando todo lo que, hasta ese momento le había acontecido. Quizás, para cerrar las heridas que aún dolían y calmaba con sobredosis de buenas intenciones y ningún rencor; debía dar el último paso.

El encuentro con su enemigo.

Julia alza la vista al espejo del baño salpicado por pequeñas gotitas, deslizándose con la pausa de no querer encontrar el final de su disolución; de la misma manera que sus lágrimas cuando no querían ser recogidas en un vaso de agua. Mientras se cepilla los dientes de imitación, procura no recordar el dolor que sintió cuando uno por uno, se precipitaban por la alcantarilla. La sangre irradiaba desesperación y manaba como el vino en las bodas de Caná, aunque ella no celebraba una fiesta de compromiso, más bien se consagraba a una última despedida. Julia fija la mirada en su sonrisa, a pesar de que motas de dentífrico en sus comisuras le confieren una caricatura de ella misma y en su pensamiento, una idea: agua pasada no mueve molino.

Se maquilla con el detalle del pintor que pretende aprehender el paisaje en todas sus tonalidades. El contorno de ojos ilumina aún más, el mar de sus ojos que navegan en la paz del presente. El eyeliner dibuja una curvilínea en sus párpados superiores describiendo la seguridad que demuestra en sus respuestas. El rubor de sus mejillas son la exclusividad a una lozanía ya recuperada. Y ese, carmín rojo pasión es la confirmación a su determinación.

El vestido que ha reservado para la ocasión, se ajusta como un guante a las curvas, una vez recuperadas de la anemia del desamor. Resalta la majestuosidad de sus pechos, en otros tiempos motivo de rencillas y celos. Ahora, lucen en la redondez de ser acariciados. El rojo de su traje flamea entre sus piernas y su cabeza, con el designio de quemar en la hoguera aquello que la condenó a la ignominia. Arde poderosa encima de sus tacones, zapatos de charol brillando al sol, ocho centímetros de más para ponerse a la altura de quien la pueda afrentar.

Se contempla de frente y una sonrisa afirma lo que ya sabe, su decisión es la solución. De perfil, reafirma que los kilos de más se acomodan levitando en sus huesos. Virtudes consolidadas y defectos que la estética disimula con la técnica de exponer una obra de arte. Esa ligereza no es más que la entonación de una frase prestada y ahora hecha suya: soy yo y, me quiero.

El pequeño bolso de mano, a conjunto con sus zapatos le adjudica la etiqueta de elegancia necesaria para guardar recuerdos oxidados y herrumbrosos chirriantes de melancolía. Julia abre la puerta de su apartamento y sin mirar atrás, la cierra sin más ruido que el silencio. Atrás quedan los chillidos que día sí día también conquistaban el espacio del hogar.

Julia camina con presteza, asegurando cada paso en el asfalto, sin la necesidad de huir de espectros y fantasmas. Enfila la calle saludando a vecinos y extraños, unos buenos días de mucha honestidad. Se sumerge en la boca del metro sin el temor de entrar en las fauces del depredador, más bien, en un sueño cuya realidad está al alcance. En el andén, mientras espera un tren con destino, la libertad, contempla sus manos, finas y estilizadas en unos dedos retorcidos por fragmentos de instantes que hicieron añicos sus años de juventud. Sus uñas cuidadas y coloradas; intensas y refulgentes danzan alegres en el manoseo de un teléfono móvil vibrando con mensajes de tirar adelante. La culpa que, con anterioridad se reflejaba en cutículas abandonadas y carcomidas por el miedo y la desesperación, señalando a su contrario, es una mera alusión a su memoria.

Paradojas de la vida, la libertad se localiza entre rejas cumpliendo la sentencia que un juez de lo humano a impuesto a su opuesto.

El tren se acerca con la parsimonia de parar para recoger a sus viajeros. Julia es una más, entre la multitud de la hora punta, mas, destaca por el ocre de su caballera, reflejos de un otoño que espera a las puertas de su identidad. Su melena, antes enmarañada por nudos imposibles de desenredar, resultado de dimes y diretes; de engaños y malas interpretaciones; se alisa con un cepillo dorado  cuyas púas se adaptaron a su vulnerabilidad, largas noches desenredando con paciencia para evitar la soledad.

Julia observa a su alrededor, cuando concluye que se siente más acompañada que nunca y, ello, engrandece su renovada fortaleza. Cuatro estaciones, la separan de comprobar que, su decisión es la certeza de continuar caminando y que, nunca es tarde para vivir. Sus ojos se inundan de lágrimas dulces y, no saladas, símbolo del triunfo que estar por venir.

Llega el momento de descender de aquel vagón, sin empujones, la paciencia siempre se abre camino sanando las heridas, y por ello espera su turno. Una última mirada al tren que se aleja de su pasado y le ha acercado a su presente. Y por fin, al final del túnel del metro se encuentra la prisión.

Julia no deja de pensar que la vida es pura contradicción. No hace tanto era ella, la encarcelada, entre rejas invisibles e inconfesables de maltrato y palizas; golpes y vejaciones, una rehén de los celos y la posesión de un siniestro guardián que no conoce la dignidad y el respeto. Un carcelero arrastrando el tintineo de unas llaves colgadas a su cintura, para alertar a su prisionera de que él tiene la clave de su vida, y si una sola palabra salía de su boca seca y amoratada por la sed de la desesperación, su condena sería eterna. Julia no quiere hacerse mala sangre recordando cuando nadie la escuchaba, allí arrojada en la humedad y el frío de esa relación, cuando pasaba las horas entre el miedo y la aflicción. Aparta de un manotazo ese pensamiento y ante la puerta de la cárcel, se atusa el cabello y alisa su vestido.

Pasadizos y puertas blindadas atraviesa, repiqueteando con sus tacones, es ahora ella la que avisa al prisionero, para que sepa, que está allí. El celador le indica que tome asiento, una mesa la separa del condenado por sus delitos. Él, encadenado de pies y manos, ilumina su mirada de furia, y es el silencio quién se encarga de traer los fantasmas de otro tiempo. Las maldiciones salen de boca de ese preso de sí mismo. Mientras, Julia mantiene la mirada en los ojos de aquél, delator del amor, y una sola frase fluye de su garganta.

—Soy libre y te perdono.

La perplejidad se agrava en aquel tipo consumido por su conciencia, cuando ella se aleja contoneando sus caderas haciendo valer que no es un objeto de propiedad privada.

Por fin, Julia sale al sol de la calle dándole la bienvenida. El júbilo no es por la venganza acometida en la prisión, sino por el quebranto de su falsa condena. La verdad siempre hace acto de presencia y junto al tiempo cumplen sus sentencias.

 

 

8 Comentarios

  1. Terrible realidad que has descrito muy bien ¡Demasiadas, Julia! Enhorabuena Dolors

    • Gracias, querida Pino. Un beso enorme, quizás algún día las Julias serán libres. Un beso.

  2. Como de costumbre un brillante relato. Nunca hay que rendirse, siempre hay luz al final del túnel. Una realidad que viven muchas mujeres. Cuídate.

  3. Impactante relato, querida Dolors. Como Julia habrá cientos y cientos de mujeres, en su momento muertas de miedo pero que se envalentonan, cogen fuerza y consiguen calzar, una vez más, los tacones, para decir que siguen vivas. Mi enhorabuena.

    • Ante la adversidad no cabe más que coger fuerza y seguir adelante. Muchas gracias, Sandra.

  4. Un relato con fuerza y garra, como siempre. Ahí está el don que no sabes que tienes. Un beso, princesa.

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