Filippo, el gato

Blog literario, la escribiente

Filippo, el gato, cuento, relato

Filippo no es un gato cualquiera, su calificativo de callejero no define la elegancia de su porte. A pesar de lo atigrado de su piel, un gris acerado envuelto en líneas discontinuas negras, sus ojos reflejan la ternura y la alegría de la miel endulzando el queso fresco. Su pelo no envidia a sus amigos gatunos llamados, persas. Esponjoso y sedoso, cuida su aspecto hasta la obsesión. Él sabe que no es un gato cualquiera, su pasado de maltrato ha fortalecido ese carácter conciliador que en él impera. Su pensamiento más cercano, «es el destino, mas no por ello debo hacer lo mismo», y con esa idea se pasea entre las líneas de metro de la gran ciudad. Una metrópoli que no entiende de pausas para observar quien se pasea, ni quien necesita de una mano tendida. Más bien, la ciudad se despierta con un toque de despertador y, se duerme entre el ruido de sirenas y despropósitos; de imágenes en un televisor o en botellas de alcohol. Así es la realidad, hombres y mujeres que no se detienen al tiempo, mas aún, aceleran su paso para consumir su ansiedad en la materialidad de las cosas.

Filippo, se pasea entre el público que abuchea al que se pone por medio cada mañana, una vez se ha aseado en la fuente municipal. Dicen que los gatos odian el agua, pero Filippo es la excepción, en su momento entendió que ese líquido transparente y con sabores diferentes, según el paladar de su consumidor, aliviaba las heridas provocadas por las palizas de un amo esclavizador. Limpiaba el barro acumulado en costras y durezas entre sus uñas y, el que enmarañaba su largo pelo en una caparazón duro y reseco ocultando su generoso corazón. Para este gato nada felino, ser uno más entre los méndigos del parque guardando turno ante el férreo del manantial puro de mezclas, cloro y bacterias, es una rutina necesaria para iniciar el día. Con su patita derecha, refriega sus ojos engrandecidos, por la curiosidad de lo que está por venir, para desenganchar las legañas de la noche de sueños entre nubes de azúcar y leche fresca.

Filippo tiene su hogar debajo del tercer banco del gran parque, a los pies de José, el loco vagabundo más cuerdo que conoce. Gato y hombre antes de cerrar los ojos cada noche, conversan de lo humano y lo divino; de los pasajeros del metro que Filippo ha conocido y los nuevos amigos que, José ha hecho en el comedor social. Ambos miran la luna con la certeza de que más allá, detrás del negro de la noche se esconde algo mejor por descubrir. La confianza que muestran uno en el otro les aseguran el apodo de los Invencibles entre los demás miembros del parque. Y es que Filippo y José hacen un tándem especial, uno complementa al otro; el minino es astuto y observador, impulsivo y protector; si es necesario enseña sus afilados dientes y esas uñas cultivadas entre el asfalto para saltar sobre cualquier agresor que altere la paz de su amigo. José es el maestro que le enseña los sentimientos humanos, muchos de ellos olvidados por los que transitan por la gran ciudad. Le explica que cada uno de los que corren en coche, a pie o en transporte público, esconde una historia y un pasado; a veces ingrato, a veces no tanto, mas, siempre destinos conseguidos por mucho sacrificio y por renuncias no siempre entendidas.

De las charlas con su mejor amigo, Filippo ha aprendido a distinguir el rictus de la gente y que ocultan tras de él. Así el gato es capaz de imaginar la historia de cada uno de aquellos que capta su atención. Para ello, el felino se acerca cada mañana cuando las campanas de la Catedral tañen las ocho, en un repiqueteo calmado y ausente del estruendo de la gran ciudad, clamando paz y generosidad; a la boca del metro. Antes de descender por sus desgastados peldaños, ajados por el pisoteo de andantes y el taconeo de zapatos de aguja, contempla la profundidad de su acceso, incógnita por descifrar cada mañana. La oscuridad de la entrada se apacigua por una luz de neón anunciando la próxima salida con destino, no se sabe. Filippo con el garbo que desmarca el contoneo sobre sus cuatro patas desciende, saludando con un miau suave y tierno a María, esa mujer de cuarenta que disimula su tristeza en sus enormes gafas Gucci. Cada mañana intercambian miradas, ella gritando compasión y él, ofreciendo su comprensión. Filippo averiguó entre los chismorreos de los vecinos que María llora cada tarde, cuando a la vuelta del trabajo, su marido entre los celos y la posesión le reclama todo lo que hecho a lo largo de la jornada. Así, el gato supo de bofetadas y marcas, tapadas por el maquillaje tras esas enormes gafas.

Filippo accede al andén esperando el próximo tren, anunciado por la megafonía en seis minutos. Mientras ajusta sus chisposos ojos entre los que esperan sentados por los bancos. Tres bancos más allá, distingue a Lourdes regañando a su nieto Juanito para que se siente derecho. Abuela y nieto, cada mañana cogen el metro con dirección a la escuela. Siempre juntos de la mano por el temor de ella a perder a su niño del alma. Él con la inquietud de sus siete años, no deja de preguntar por todas esas palabras que distingue entre carteles y grafitis. La abuela, con las arrugas que pueblan su tez responde hasta lo que ha aprendido de los nuevos tiempos. Sus setenta años pesan más que todas las canas que la coronan reina de un baile de mediocridad y falsas apariencias. Ella, venida del pueblo donde los buenos días es requisito de vecindad y cordialidad, debe acostumbrarse al mutismo de los paisanos que conversan sólo con móviles. En sus adentros, la impotencia de no entender estos tiempos. El minino se acerca a ellos, para saludar con miau a la abuela, y ella, en agradecimiento atusa su cabello. Juanito sonríe la escena mientras la Nintendo se queda en silencio.

Dos minutos, y el tren se acerca, Filippo corretea por el andén para acercarse a Carlos, el grafitero. Entre los sprais de colores, Carlos pinta las paredes de la vía alegrando la vista. Mensajes de amistad y secuencias de cotidianidad entre sus dibujos, antes de ser perseguido por Ramón, el hombre de seguridad. Entre ambos existe un pacto de no agresión, Ramón el segurata, le pita con su silbato anunciando a Carlos su presencia, tiempo justo para que este recoja sus aperos y se suba al primer vagón, que asoma por el fondo. El gato sonríe ante la permisividad de uno y la estrategia del otro.

Ya en el vagón, una vista rápida con sus ojos redondos como el sol de primavera, chequea a todos sus pasajeros. Ve que no falta a la cita matutina, Daniela, la quinceañera, con su pelo rosa y sus shorts vaqueros, luce la juventud en sus largas piernas. Su destino, el instituto entre libros y amigos, vence los días con carcajadas de imitación para no revelar la humildad de su familia. Y es que para ella es importante, ser aceptada por todos aquellos que la rodean. Fórmula de este tiempo para ser alguien.

Filippo observa que han montado, David y Míriam, la joven pareja con sus mochilas a cuestas donde guardan los besos que se dan entre clase y clase, en la facultad. Y Francisca, la señora entrada en carnes y madurando en años, siempre elevando la mirada por encima de la espalda de los demás. Su altivez no puede con la papada de decepción que cuelga de su cuello. El felino se asegura que están todos los incondicionales de cada mañana y, aquellos desconocidos buscando una nueva estación.

Hoy, Filippo hace gala de la ferocidad que en diminutivos le califica. La familia, Asif, una mamá marroquí junto a sus tres pequeños hijos, que cogen el metro para asistir al mercado municipal; son increpados por un cabeza rapada, que se ha colado sin pagar entrada ni ser invitado. Entre insultos y vejaciones, el personaje en cuestión profana la dignidad de la familia. El gato que ya no es gato, eriza su cuerpo, maúlla con el rugido de un león y, con la velocidad del tigre se lanza sobre el calvo de ideas, para tatuar con sus garras de felino, sobre la esvástica que luce el capo de nefastas ideologías, «las personas se respetan y se honran en su integridad».

Entre aplausos y clamores, el gato deja marca de su poderío sobre aquél que huye con la cola entre las patas. Filippo reverencia a los asistentes con alegres saltos de felicidad. Mientras los Asif, le agradecen su actuación con besos y caricias.

Y entre vagones y estaciones pasa el día, el gato Filippo marcándose nuevas metas. Hacer feliz a conocidos y extraños.

Al caer la noche, el gato junto a su amigo José comentan las incidencias del día, contemplando la luna que con una media sonrisa confirmando la grandeza de que ellos dos, son los reyes del mundo y de los sueños.

10 Comentarios

  1. Relato bien sostenido. Un gato observador del día a día de los humanos. Un mendigo compañero de un felino que fue maltratado y ha sabido reponerse y vivir dignamente. Una buena lección para la vida. Nunca hay que rendirse, siempre hay que creer en un mañana mejor. Enhorabuena por el excelente relato. Cuídate.

  2. Preciosa historia. Todos tendríamos que ser un poco Filippos. Feliz jueves, Dolors.

  3. La sabiduría de Filippo, un gato observador,simpático y compasivo. Un relato precioso. Enhorabuena, Dolors

    • Muchas gracias, Pino, Filippo existe en todos nosotros. Besos

  4. Últimamente termino acá demasiado seguido. Eso me gusta. Un relato bien contado, que usa al personaje principal como una ventana a los demás. Bonito, limpio y visual. ¡Un trabajo muy bueno!

    • Me alegro de que te pases por aquí, eres bienvenid@. Gracias tu comentario me ayuda a mejorar. Saludos.

    • Gracias, Dani son dos grandes amigos. Un beso.

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