El secreter

Blog literario, reseña

El secreter, cuento, relato

En el fondo de aquella buhardilla, de aquella casa solitaria, olvidada entre montañas, entre bosques que limitan la herencia del tiempo; patrimonio de momentos mejores que son solo ruina entre piedras amontonadas y sustentadas por fantasmas del pasado; descansa un mueble que vivió mejores épocas.

Entre sus cajones, secretos de sus dueños, acumulan polvo y partículas de cerumen de velas quemadas, no tanto para alumbrar a sus moradores, sino para espantar espectros que arrastran culpa y maldad engarzada a la argolla que les encadena en el purgatorio de no ser ni de aquí ni del más allá. El secreter con una pátina de tristeza cruje su madera noble entre los chirridos de termitas, carcomas construyendo túneles de salida con final incierto, almacenando alimentos y cultivos de desasosiego, zozobra y salitre. En su desvencijado vientre, hoy hinchado por la humedad y aires que corren entre los poros abiertos y una piel de barniz desgastado por la ruina; se guardan libros cerrados encartonados por historias ya nunca más leídas, quizás postergadas a morir sin entierro, a arder en la profundidad del averno. El pobre mueble, entre sus entrañas nunca más destinadas a ser el escritorio de aquella que escribía cartas de amor con la bella pluma de avestruz, colores del arcoíris, y tinta china, venida de lejos; almacena sobres lacrados con sangre y lágrimas, desamores vestidos con la maldita dulzura de la confusión. Atesora retratos en sepia y manoseados por el tiempo; protagonistas que sonríen a la cámara oscura, cuyo objetivo es perdurar para la eternidad, olvidando que todo perece entre escombros de vientos y lluvia azotando sentimientos. Fotografías de familia luciendo soledad al daguerrotipo con una lente ahumada por la desolación. Retratos del infinito que se confunden en la prisa de estos tiempos, ansiedad de atrapar lo que se escurre entre los dedos: el tiempo.

El viejo mueble se queja, chirria su fusta entre lamentos del dolor de sus láminas. Reuma arqueando su planicie de calma para deformarla en el miedo de perderse algo; miedo que le arrebata el arrojo de abrir y cerrar sus cajoncitos forrados en seda carmesí. Seda que se deshilacha en fino hilo rojo, quebradizo tensando la relación de amor entre su casero y ella. Metáfora del amor que se desgastó en la rutina entre los habitantes de aquella casa. Esperpentos que divagan del zaguán a la alcoba para dejar de ser dos y morir en el intento.

Las tres patas que sustentan el decrépito secreter no son suficientes para soportar los kilos acumulados por ideas venidas a menos. Pensamientos deambulando en mentes cultivadas al amparo de siglos de tradiciones y convicciones que no siempre acertaron con la realidad. La cuarta pata se partió en dos, el día que lo trasladaron del salón al desván para ser arrinconado e ignorado. La indiferencia de los legatarios lo ató a pervivir entre el sufrimiento y la culpa de no lucir en el esplendor de su fe; subsiste sin responder a preguntas que jamás serán hechas, allá entre ratas royendo el alpaca y el cachemir de deslucidos vestidos ahuecados por el suelo. Ratas y hormigas que corroen jaulas abandonadas; muñecas de porcelana amarilleando la muerte sin cóncavos de miradas fijas en el techo; maletas de piel curtida por viajes a ninguna parte, hebillas de latón dorado, herrumbroso, engarzando secretos y mentiras. Y aquel baúl, un arca de Noé que navega entre mares de frustración, linaje sepultado entre cosas sin mencionar: tazas de cerámica cocida en la sorpresa de contener té y café, poso de ilusiones; copas de cristal de Bohemia descascarillado en la confusión de la tristeza; cubiertos de plata deslustrados por la hambruna de la miseria y la guerra. Vajillas cartujanas melladas por el miedo y la ira de no lucir en vitrinas de museo. Cosas sin más, pretérito de heridas y cicatrices.

El vetusto mueble llora, llora y llora su falta de funcionalidad. Modas que van y vienen; tiempos que transcienden escribiendo la Historia que muchas veces no respeta a sus escritores. Entre lamentos, pasa los días, los años, los siglos resguardando recuerdos y sonrisas; amores y desamores; enigmas y misterios.

Mas ayer, alguien subió al trastero, alguien que quiere deshacerse de trastos y memoria para venderla al mejor postor. Ese alguien, se fijó en la nobleza de la madera supurando savia, la razón le asiste y decide que una buena capa de esmalte blanco alumbre de nuevo aquello que asoma detrás. Se percata de aquella pata partida, la solución es la restitución por una similar con la fuerza de la novedad. La seda de sus cajones se reemplaza con piel de melocotón, terciopelo asalmonado abrigando más secretos. Y las argollas de sus tiradores, enmohecidos por la humedad de tantas lágrimas son sustituidos por el albor del nácar de los nuevos pomos.

La alegría se traslada al viejo mueble, el secreter vuelve a seguir sus pasos de su antigua actividad, es más que una antigüedad. Luce de nuevo, en un salón de contemporaneidad, permanece en el tiempo resistiendo los envites del destino, con la majestuosidad de la dignidad.

Lucha, vive y persiste sin más.

 

 

8 Comentarios

  1. Dolors sigue deleitándonos con su elegante forma de escribir que a mí me tiene encandilada. Sigue así y jamás dejes de hacerlo

    • Muchas gracias, Sandra me animas a ello. Besos

  2. Qué hermoso, Dolors. Es un secreter que tiene vida propia. Tus palabras encierran dolor y desesperanza, un sufrimiento que se mitiga con las letras. Ojalá todos pudiéramos tener una segunda oportunidad como ese maravilloso secreter.

    • Muchas gracias, Blanca esa era mi intención hacer partícipe de esas emociones que a veces nos desesperan.

  3. Magnifico relato. Yo como anticuario valoro los objetos y más cuando han representado algo en nuestra vida. Como siempre escrito desde el corazón.
    Enhorabuena. Cuídate.

  4. M’ ha encantat Dolors.
    La meva àvia tenia un secreter a la sala d’ estar i m has traslladat a ell…
    Gràcies

    • Gràcies, Anna petits detalls que ens fan persones. Un petonaç molt gran.

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