Un final anunciado de Fernando Baró

Blog literario, la escribiente

Un final anunciado, relato

 Don Jacinto es propietario desde hace más de treinta años de una estrecha y alargada tienda de antigüedades en la calle de la Magdalena en pleno centro de Madrid. Su negocio está especializado en armas antiguas. Tiene toda clase de armas blancas – sables, espadas, bayonetas, espadines, – y pistolas de chispa, mecha y percusión. También vende medallas militares y monedas.

   El recorrido desde mi casa en el número 17 de la plaza de Tirso de Molina, antigua plaza del Progreso en tiempos de la República y de la anterior Monarquía, hasta el colegio en donde cursaba mis estudios, pasaba por delante de su tienda. Desde niño, me paraba en el escaparate y ensimismado, contemplaba el brillo del acero de aquellas armas blancas, colocadas al milímetro en bellos expositores de madera. Las doradas, plateadas o negras empuñaduras de sables, espadas y espadines que en el caso de que pudieran hablar, nos relatarían el fervor, el miedo, la derrota o el triunfo de épicas batallas. Armas de los siglos XVI al XIX. De las guerras de la Independencia contra Francia, las guerras civiles carlistas, la guerra de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y contra los Estados Unidos, que apoyaban la rebelión de nuestras colonias.

   Empecé comprándole primero monedas y según fueron pasando los años, cuando mis ingresos aumentaron; sables, espadas y algún que otro espadín dieciochesco. En el interior de la tienda tenía maravillosas armas; auténticas piezas de museo que no estaban en venta y que componían su colección particular. Don Jacinto me fue enseñando a identificarlas: saber solo con verlas, si eran auténticas o no, de que época eran, si pertenecían al cuerpo de Caballería, Infantería, Marina o Artillería; o si por el contrario no eran militares si no que habían sido fabricadas bajo pedido como era el caso de los espadines de inspiración francesa que estuvieron muy de moda en toda Europa en el siglo XVIII, y que pueden tener la empuñadura de oro, plata, bronce, cobre, hierro o marfil, dependiendo de la situación económica de su dueño o de lo que quisiera gastarse en la compra.

   Yo, con los años, me emancipé del hogar paterno y dejé de vivir en el barrio, pero seguí acudiendo a él esporádicamente. Así me enteré de la muerte de la hija de don Jacinto tras una larga y penosa enfermedad. Un jarro de agua fría supuso esa noticia para mí, sabiendo el amor que el anticuario sentía por su única hija. Era una hermosa joven de 20 años; los mismos que don Jacinto llevaba viudo. Su difunta esposa había fallecido dando a luz a la niña.

   Fui a dar el pésame a don Jacinto. Al llegar a la tienda, me sorprendió verle tirando al cubo de la basura, unas cajas con monedas y armas de todo tipo.

-¡Pero don Jacinto! ¿Qué hace? – le dije. Y sin contestarme continuó sacando armas de la tienda y depositándolas como trastos viejos en la acera. La gente que pasaba por la calle comenzó a llevarse lo que podía; incluso un coche paró y echó varias piezas en el maletero.

-Vamos a tomar un café y hablamos un rato – le dije cogiéndole la mano suavemente.

-¡La vida es una mierda! –murmuró entre dientes y sin alzar la voz. Y prosiguió tirando piezas.

-Este estuche de duelo es de lo mejor que tengo. Las dos pistolas están en perfecto estado. Es del siglo XVIII; llevátelo tú antes de que caiga en manos de quien no sepa apreciar su valor.

   Daba verdadera lástima ver a aquel hombre alto, corpulento, con gafas y amplios bigotes, tan hundido y desmoralizado, tirando en plena calle armas antiguas, algunas de incalculable valor que habían sido una parte muy importante en su vida.

   Sacó de una caja un precioso sable napoleónico de oficial de Caballería con su correspondiente vaina y me lo puso en las manos diciéndome: Consérvalo, es una pieza única, con empuñadura en oro. Una verdadera obra de arte del siglo XIX.

   Y dando por concluida “la mudanza”, se metió en la tienda y cerró la puerta.

   Me sentía mal, muy mal, al no haber podido evitar semejante descalabro y ver a don Jacinto tan hundido.

   Sonó un seco disparo confirmando mis temidas sospechas. Era un final anunciado. Llevando el sable en una mano y el estuche de duelo en la otra; apreté el paso alejándome de allí y mis ojos sin poder evitarlo se llenaron de lágrimas.

Fernando J.Baró

 

2 Comentarios

  1. Magnifica canción! Nunca he podido decidir cual versión me gusta mas: si la original o la acústica…
    El relato.!? mmm!!! bueno….
    Saludos. 😉

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