El visitante inesperado

Blog litarario, la escribiente

El visitante inesperado, relato

─¿Qué haces en la puerta? Entra, ¿me tienes miedo?, ─preguntó ella con un hilo de voz roto por la lengua que tropezaba con sus dientes impidiendo vocalizar convenientemente.

─Pasa, no seas cobarde, ─insistía Martina dirigiendo sus ojos a la puerta blanca y custodiada por tres cerraduras de cuatro vueltas. Ella se debatía en la cama de noventa centímetros, entre el sudor que empapaba su liviano cuerpo y las correas que le ataban al lecho.

─Martina, no te temo, no te equivoques, sólo quiero observarte, deleitarme en la belleza de tu escuálido cuerpo, ─escuchó Martina entre las diferentes voces que insistían en adentrarse en su mente.

Martina se retorció con la furia del condenado a muerte ante su verdugo. Sus movimientos de girarse a derecha e izquierda, intentando desprenderse de las ligaduras de manos y pies, azotaban su cuerpo en una corriente eléctrica que descendía por su columna tensionando sus vértebras. El dolor era tan intenso que Martina enmudeció de repente. Sus ojos negros como la profundidad del pozo sin más agua que la sequía, pretendían salirse de sus cóncavos en huida para encontrar mejor refugio. Las manos de Martina, de huesos diminutos y torturados por la artritis, se asían con desesperación a la sábana gastada de tanta lejía. Aún así, Martina desafiante, retomó las preguntas a aquél inesperado invitado.

─¿No quieres mi cuerpo? ¿No has venido a eso, a tomarme sin más?

─Martina, Martina parece que nos ha aprendido nada de mis lecciones, ─contestó el altivo visitante─. Él irradiaba una luz tenue, sus movimientos eran percibidos por ella insinuados en una niebla espesa. Espigado y atlético se paseaba por el quicio de la puerta sabiendo que su voz, grave y melosa, y a la vez inquisitoria desquiciaba a Martina.

─No te creas que has ganado esta partida, en el momento que pueda desprenderme de mis ataduras, huiré de ti, de aquí, del error de dominar mi razón. Me escaparé y me ocultaré donde no puedas encontrarme, donde no puedan encadenarme. Todavía me quedan amigos que me ayudaran a lograr mis propósitos, lejos del incesante goteo de ideas, fundiendo la capa de mi cerebro. Cada partícula de esos conceptos que gimotean con el abecedario de preguntas y respuestas, acribillando mi cérvix, con el objeto de que se intensifique el dolor de mi cabeza.

─Martina ¿cuánto hace que nos conocemos? ¿Cinco, diez o veinte años? Tanto que hemos olvidado la fecha exacta para celebrar nuestro aniversario. Es curiosa nuestra relación; idas y venidas; tomas y daca; amor y odio. A pesar de eso nos amamos con la ira del deseo. Los besos arden en nuestras lenguas jugueteando a lo prohibido. Cuando confluyo en una parte de tu cuerpo, la lascivia en ti grita con la asonancia de la impaciencia, clamando que no cese de repasar con la punta de mis dedos los poros abiertos en desespero de tu lánguida figura. A pesar de ella, me resultas apetitosa, eres el melocotón a punto de abrir para saborear ese jugo dulce y sabroso, ese aroma embriagante del relente en tu ventana. Martina, sabes que eres de mis preferidas en esta planta de espectros.

─No digas eso, yo no te amo y, menos aún te deseo. Sólo soy tu prisionera desde hace tanto, que mi exigua memoria no recuerda. Te adueñaste de mí, en una noche, cuando los fantasmas de la soledad se interpusieron en mi insomnio de nostalgia y melancolía. Aquella noche marcó el principio y el fin de nuestra historia. Un salto de cama, translúcido de razón, eclipsó mi voluntad y caí en el abismo de tus brazos. Me precipité sin más, un golpe asestado al alquitrán de los sueños recogidos en la calle. Esa noche tu persuasión hizo su trabajo, arrastrándome a tu causa tan solo cogiéndome de la mano. ¡No sabía yo el precio que debía pagar! Dejé de ser mujer para ser un cuerpo inerte, arrebujado en el suelo de tu coacción.

─Parece ser que aún te asiste la razón, sin la necesidad de que te invite a un coctel explosivo de vacío, un viaje a la nada que no termina en ningún lugar que no sea debajo de una losa o en el fuego del averno. Siempre has sido muy lista, Martina, pero no olvides que yo dirijo las verdades y mentiras que se representan en tus ojeras. Más aún, soy el dueño de la reflexión acerca de quién eres. ¿Te has mirado? Claro que no, ¡seré tonto! Olvidaba que el espejo hizo un pacto con el diablo condenándote a ver borrosa tu silueta. A eso si que le tienes miedo ¿eh? Ya sabes que yo soy el patrón de este negocio, y tú no eres más que un peón gastando la vida para mis deseos.

Él se acercaba alargando el brazo como queriendo coger una rosa del tiesto de una ventana cualquiera. Sonreía con una mueca cómica ironizando con el miedo que se acumulaba en las bolsas de los ojos de Martina. Esta, continuaba luchando en espasmos con las ligaduras de sus extremidades, en cada convulsión las lágrimas rodaban sin permiso intentando aliviar el dolor que le emitía su espina dorsal. No quería caer rendida a los pies del que dominaba sus anhelos, sólo necesitaba un minuto de tregua para tomar aire y sumergirse de nuevo en el mar de su inconsciencia.

Mientras tanto, el visitante acercaba sus pasos con la cautela de no ser descubierto in fraganti en el delito de matar. Él era un profesional del arte de matar en todas sus vertientes; desde el accidente al paso de la edad, de la involuntaria a la intencionada, de la violenta a la plácida. Él era un experto que endulzaba el final de todos con el azúcar moreno necesario para fingir que todo era perfecto y, que ese último momento, cuando se despedían los cuerpos de sus apegos, no fuera lo patético del dolor, el denominador común. Su vocación siempre había sido esa, formar su propio ejército de súbditos vencidos por los acontecimientos. Siervos venerando la belleza de su figura esculpida de almas inocentes y bondadosas, aunque su alma fuese castigada por todas aquellas, oscuras de malas intenciones; por aquellas asesinas del tiempo y del espacio, criminales arrebatando la vida de otros.

─Escúchame, señor Muerte, hoy no vas a poder conmigo, ─pudo contestar Martina entre las babas que descendían por las comisuras de su boca; la sequedad de su paladar le impedía hilar las palabras con la coherencia necesaria para ser entendida sin prestar atención─. ¿Me oyes?, no me vas a matar, señor Muerte, vas a dejar de ser mi adicción. Dormiré profundamente y mañana cuando me despierte, abriré esa puerta por la que te cuelas sin pedir permiso, para que corra el aire.

Martina se desmayó en un sueño profundo, mientras sus ligaduras atajaron sus venas en la superficialidad de heridas goteando sangre en minúsculas partículas coloreando las sábanas; se transformaron en un mero espejismo de un campo de batalla. El señor Muerte acercó sus labios a los de ella, violetas mas voluptuosos como siempre lo habían sido y resecos de tanta afrenta, y mucha hambruna; y en un susurro arrastrando las letras le declaró:

─Te amo, Martina y más pronto que tarde serás mía y de nadie más.

10 Comentarios

  1. Me ha encantado, es.un relato que nos.enfrenta con la cruda realidad, el.encuentro con ella es inevitable. gracias.princesa

  2. Un relato muy realista, un grito a la vida, a querer sentirse viva. Me ha gustado mucho, querida Dolors. Felicidades, una vez más

    • Muchas gracias tan sólo es un momento que se vive en alguna ocasión. Gracias, amiga.

  3. Excelente relato. La “Dama del Alba” termina ganándonos siempre la partida. Esperemos que tarde muchos años en llegar. Es un relato muy bien escrito. Vuelvo a reiterarme en que deberías de publicar uno o más libros. Tienes mucho que contar y un estilo definido. Lo haces muy bien.
    Enhorabuena por tu sobresaliente relato.

    • Muchas gracias, todo llegará eso al menos espero. Un beso, Fernando.

  4. Siempre me dejas con la boca abierta, Dolors. ¡Fantástico!

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