Entre líneas

Blog literario, la escribiente

Entre líneas, relato

─Nena, te pienso, tu perfume aún se siente en mi piel, ─te escucho en un eco al otro lado del teléfono─, mientras me fijo en una pequeña mancha de humedad abriéndose camino en la pared de enfrente a mí.

Sigues hablando, mientras mis oídos se niegan a escuchar todo eso que me dices; palabras que se golpean entre ellas para ponerse en primera línea de salida y vencer en una carrera de romanticismo. A pesar de ello yo sigo perpetua contemplando esa humedad que en un tono gris marengo intenta mojar mi pensamiento. Ese churrete me recuerda que de mi pasado también se precipitan borrones que mejor olvidar. Aunque mi memoria, los últimos días se revela inquisitoriamente a recordarme muchos de los momentos almacenados en el fondo de mi mente.

─Echo de menos tus manos jugando en mi piel, ─me dices─, y yo fijada en mis recuerdos intento buscar una palabra que contestar. Tan sólo, se me ocurre decir el manoseado, yo también, procurando resultar convincente con un deje de añorarte. Pero, a mis ojos se acercan imágenes de otros tiempos cuando el dorado de mis cabellos se rizaba con el ímpetu de mi juventud y mi boca no precisaba del rojo pasión para mostrarse sensual a la vida. Aunque  insistes en deslumbrarme y en rememorar nuestro encuentro de hace unos días.

Quiero no pensar en el momento de nuestro primer beso, para no contaminar de errores pasados esa fotografía que enmarca tu sonrisa. Y es que, parece ser que conspiran contra ti, otros que se cuelan sin pedir turno. Nombres con tachones y, de visión borrosa que improvisan verdades que no deseo aceptar. Muchas noches, sin pretenderlo hago balance de todo lo que me ha acontecido. Lo bueno y lo malo oscilan en cada de una de mis manos, intentando sujetarse sin caerse. Decisiones desacertadas que disienten con la misión que pretendían cumplir. Hombres cuyos amores murieron en el intento de conquistar mi corazón antes de nacer. Y es que siempre el amor me ha parecido una quimera que en círculos concéntricos se diluye en mis sentimientos. Una espiral en la que caigo continuamente buscando tocar el fin de su existencia. Lograr atrapar ese hilo deshilachado de tantos roces para ensartarlo en mi corazón. En cambio, solo doy vueltas sin parar por el mismo pensamiento: no mereces la oportunidad de ser feliz.

─Amor, me escuchas, te siento ausente, ─te oigo decir─, cuando yo sigo navegando por ese mar de dudas que se expanden cada vez que sueño que esta sí, es la definitiva. La última oportunidad de desnudar ese amor que abriga mi corazón, ese amor que asciende por un castillo de naipes a punto de ser arrasado por un soplido. Un amor que necesita la intensidad de besos y caricias con el consentimiento de mi corazón, un músculo que se bate constantemente entre el dolor y la culpa de no corresponder con todas las expectativas que se dirigen a él.

Y es que cada vez que intento enamorarme se acciona un interruptor en mi mente, encendiendo bombillas de bajo coste sin iluminar suficiente a la persona que tengo enfrente. Así que mis ojos miopes no aciertan a fijarse en todos los detalles que el hombre, en cuestión vislumbra. Desisto de enfocar la mirada en las palabras que evocan promesas por cumplir, y que sé de antemano que jamás se consumarán. Será que de tanto escucharlas, se reiteran sin definirse gastando mis oídos y evaporándose sin más.

─Te extraño a rabiar, mi niña, esos besos que tú solo sabes dar con el punto exacto de humedad y calor necesaria para encender mi pasión, ─me dices─, mientras intento prestar atención a tus palabras. Ahora sí que mi piel se electrifica al escucharte y, pensar en el lunes pasado. Un lunes más que se abría camino en otra semana de rutinas y reiteraciones de acciones maquinadas por las circunstancias. En cambio, tú insististe en un café de media tarde delante de tu oficina. Siempre preparo mis citas con el mimo de ser la última de mi vida, no porque ésta se acabe, sino porque sea la que ponga punto final a tantos desencuentros. Así que cuando el lunes último a media mañana, me enviaste un SMS, porque tú eres de los pocos que no ha sucumbido al whastsapp, para un café de las cinco de la tarde te confirmé el lugar de encuentro y, me dediqué en cuerpo y alma a ganarte por la vista.

Perfumar mi cuerpo es un acto de conciliación entre todas las certezas que están por venir y las espinas clavadas en diferentes partes de mi anatomía. Así que me baño en una dulce esencia que siempre me acompaña cuando quiero creer que este es el último y definitivo de mis encuentros. El punto final a tanta melancolía y a la soledad que arrecia en días de invierno cuando mis pies se hielan sin el calor de otros que arrullen mis dedos. O cuando los domingos se eternizan en la desidia del sofá a la deriva de una conversación con un amigo invisible que no sabe responder a mis preguntas.

Una vez embriagada por tanta fragancia elijo en mi armario el vestuario apropiado. Dudo entre vestido o pantalón; entre una blusa que dé pie a la imaginación o quizás algo que no insinúe las ganas de amar. Esos minutos de elección se prolongan en cambios de ropa y en contemplar las arrugas que empiezan a colgar de mi barbilla. Al final ese día, me decidí por un vestido que desnudaba parte de mi espalda, dejando al descubierto la piel blanquecina por falta de sol, eclipsada por todos esos lunares que la pigmentan. Mis sandalias de charol con tacón no excesivamente alto para no sentir el ridículo de no tropezar en cada paso que doy. Un suave toque de iluminador en mi mirada, máscara de pestañas para dar más énfasis a mis ojos negros y mi fetiche, el rojo de mis labios. De esa manera, te esperé sentada en un rincón del café, escondiendo los nervios leyendo tu libro. Y es que los últimos tiempos siempre me refugio entre líneas buscando saciar las inquietudes que en un vacío imploran ganar mis entrañas. El comentario en un correo sobre uno de tus relatos se transformó en conversaciones de media noche. Y ese lunes, yo, frente a una ventana esperaba dilucidar si realmente tú me conquistarías como cada uno de los personajes de tus libros. El aire acondicionado amenazaba con congelar mi nariz en un moqueo incesante por culpa de mi alergia. Entre movimientos de desesperación de mis dedos con la taza del café que me despertase de la morriña del verano, esperaba. Sin más te plantaste delante de mí en mi despiste de ausentarme en la noche pasada cuando me decías que deseabas conocerme. Alcé los ojos y en un parpadeo de nostalgia te mentí, y me engañé, asumiendo que eras el definitivo.

Conversamos de todo y nada, mientras de vez en cuando no dejabas de repetir que era mejor que las fotografías. Yo sonreía para asentir que me gustaba lo que me decías. Tres horas de café y coca-cola para sellar el amor que nacía. Y después entre las paredes de mi habitación, echada en ese colchón que dejó de gemir hace tanto que tiene olvidado los huecos dejados por el último de mis amores, sopesé nuestro acercamiento.

Volví a caer en el error de dejarme querer sin escuchar a mi conciencia y darte la complacencia de que empezábamos algo que no he podido definir.

─Amor, me escuchas, ─me insistes con cierta desesperación─ mientras el silencio es mi respuesta.

6 Comentarios

    • Soy muy de pausas, en calma, acelerada ya es la vida en sí. Gracias, Queiro. Besos.

  1. Me ha encantado. Excitante y tierno. Lo dicho; deberías publicar tu obra. Enhorabuena por este bello relato. Cuídate.

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