La carta

Blog literario, la escribiente

La Carta, relato  Fotografía: PortraitsBySam

No me quiero mentir a mi mismo, estoy confuso y perdido como un apátrida buscando su lugar. No sé si siento la rabia de golpear sin parar la pared de mi habitación hasta sangrar los nudillos, o ésa que te descoloca de tal manera que te sumerge en el más triste de los abandonos, obligándote a huir del lugar de tus desconfianzas sin mirar atrás. No sé, me siento solo y aturdido, la cabeza parece una colmena de abejas, aguijoneando mi cráneo e inoculando su veneno en mis venas, mientras éstas se hinchan de tal manera que luchan por no estallar. Intento poner en orden todas las contradicciones que se agolpan en mi corazón, igual que el niño que le preguntan a quién quiere más si a papá o a mamá. Busco la respuesta acertada a cada pregunta, pero más allá de conseguirlo, las dudas se apilan una sobre otra, sin tener en cuenta el tamaño, formando una columna de objetos unos encima de otros que intentan mantener el equilibrio como el funambulista en la cuerda floja. Tengo temor que si decido la última de ellas se precipiten todas las demás, un alud de malas respuestas que arrasen mi vida.

Hoy el cartero me trajo una carta. Hacía meses que el buzón desistía de tener compañía; él que se había acostumbrado a las visitas constantes de misivas, alentando la esperanza de no llorar más tanta soledad. No me cabe duda que estalló en sonrisas, abriendo más su boca desdentada para alimentarse de las nuevas noticias que esa carta nos traía. Igual que yo, mi piel se encrespó en señal de alarma, sin saber que el contenido de ella era bueno o quizás fuese la respuesta definitiva a tanto desconcierto.

La verdad es que mis dedos arden mientras luchan entre ellos, por sostener un sobre como las galletas chinas que guardan tu destino en una masa pringosas de aceite vegetal. Deseo rasgar sin más ese sobre, un papel de regalo que guarda la sorpresa de mi vida. A la vez un stop en mi cerebro me impide precipitarme a saber de su contenido. Y ¿si es lo que no espero? Y ¿si se trata del veredicto a mi delito? Y si es así, ¿sabré aceptar la sentencia y su condena? Inspiro aire intentando tomar todo el oxígeno que se encierra en mi habitación, temiendo que no pueda exhalar la inseguridad que me amenaza apretando más y más, mi cuello hasta que de color morado se torna, Me asfixia esta angustia que se apelmaza en mi pecho, toneladas de hormigón escondiendo la prueba del crimen, relegando al olvido las huellas que no se pueden borrar.Respiro hondo, hundiendo mi pecho todo lo que mi espina dorsal puede aguantar, las costillas se clavan en mis pulmones y mi boca saborea la sangre, producto del apuñalamiento. Sangre amarga como la hiel, sangre salada como un mar en plena marejada, sangre hirviendo quemando mi paladar con el dolor de tanta incertidumbre.

Un silencio profundo y gélido se pasea por mi cuerpo, y sin más me obliga a levantar la solapa del sobre que se estremece con el resquemor de mis manos. Las primeras letras se vislumbran, desordenadas sin tamaño ni medida, desenfocadas de la primera línea. Intento animar el valor de mirar esa única hoja que ya no sé si es el todo o nada de lo que hubo. Los ojos afligidos, henchidos de lágrimas en disputa por salir, se adecuan al momento de equilibrar la mirada en este papel que sostengo. Es el momento, ya no hay vuelta atrás, un viaje sin retorno.

Mi amado.

No encuentro las palabras adecuadas para expresar en tan poco espacio todo lo que se encierra en mi mente. Insisto en buscarlas de tal manera, que no sea un choque de trenes cuyas consecuencias sean irrefrenables y con muertos colgados de la conciencia. No quiero dejarme sobornar por la culpa ni ser chantajeada por la lástima. Más bien deseo un día sin nubes sobre mi cielo. No deseo esconderme detrás del atrezzo de esta tragedia que representamos día sí, día también. Necesito bajar el telón y poner fin a la función para poder estudiar un nuevo guion.

Las horas se mueren en el reloj con la apatía de perder los minutos en silencios eternos. Es mi reloj encadenado a mi muñeca. Un día dejó de correr sus manecillas por la circunferencia de los días, redondos de alegrías y tristezas, marcando la hora de la despedida. La hora señalada es el fin del comienzo de algo que pudo ser eterno y perpetuo. Mas, el juego del destino no enseña sus cartas hasta que la partida está a punto de acabar. Y sin más, se ha marcado un farol y gana la partida. Así es el destino, a veces amable con la sonrisa puesta en su reflejo, o un bárbaro cortando cabezas. El día que, mi querido, nos conocimos; uno frente al otro después de concertar la cita en mensajes de texto abreviados por monosílabos y el lugar de encuentro a la hora señalada; deseé que una corriente eléctrica subiese por mis venas, enardeciendo mi sangre en un amor sin esperas. Tus ojos rozaban mis mejillas ruborizadas por tanta timidez, sin apercibir que me debatía por lo que contemplaba, y por lo que quería ver. En ese momento no quise aceptar lo que el corazón me gritaba, más bien eludí sus palabras, negando la evidencia. Quise agarrarme a tu sonrisa como un clavo ardiendo para aferrarme a un futuro sin más soledad. Fue en ese instante que un encuentro de labios, atraídos por la pasión sellaron lo que no existía. Jugué a la seducción de la actriz ante su galán y ya, sucumbimos a los deseos de unos cuerpos encartonados por la falta de uso.

Nos entregamos en cuerpo y alma en querernos tanto…. Mas después de aquellos momentos, cuando cada uno partió a su nido, donde ahuecar el día e incubar los sueños; mi mente quiso hacer posible lo imposible, negando la contestación que mi alma delataba. En ese primer encuentro, mis piernas no se doblegaron por tener delante al hombre de sus sueños, más bien temblaban por improvisar la situación. Mi sonrisa era forzada no porque tú no cumplieras las expectativas sino por que mi corazón no palpitaba desbocado. Latía tan despacio como la niebla que empaña los días de invierno. A pesar de ello quise ser la actriz, la diva en una película de amor.  Necesitaba ser la estrella por un día, tanto tiempo oscurecida por noches de soledad y días sin compromisos. Pude representar el papel y te ofrecí la mejor de mis actuaciones. Te seduje con las palabras y, con mi espalda desnuda y sinuosa en curvas maduras por ser cinceladas a golpe de martillo. Y tú, mi querido, te rendiste a mis encantos besando mis pies, y aquello que transciende en lo más oculto de mi cuerpo. Perdiste la razón en mis caricias meditadas por otros momentos y otros cuerpos y yo, entre lágrimas sin agua me daba a ello. ¡Cuánto lamento aquello!

Permití que me quisieras sin poder frenar tu pupila desgranando mi cuerpo, analizando todos los dones sin prestar atención a los pecados que ocultaba debajo de la piel. Arañé con mis uñas desgarradoras mi alma, para quererte, te lo juro. No podía pedir más a esto del amor; un hombre bien plantado, enamorado de mí y encantador con las palabras. De la misma manera, el amor es una incógnita, y lo que en ti nacía en mí simplemente no existía. No dudes que no puse empeño, insistía y perseveraba en atisbar un incipiente sentimiento de amor. Pero un runrún en mi cerebro se repetía incesante y constante, no podía discernir correctamente lo que me decía: «no es para ti, no insistas, desiste en querer sin amar».  

En mi colchón derramé todas las lágrimas de una vida, intentando amarte a marchas forzadas, sin aceptar que el amor no es una margarita deshojando respuestas, es lo que es. Así que aquella noche decidí dar una nueva oportunidad a “eso” que acababa de nacer. Un querer sin amor, el saberse que no estás sola. Más encuentros para certificar una muerte anunciada. Mi corazón se resistía a amarte.

Redacto, mi querido, esta carta con el desasosiego en mis ojos, la inquietud de no ser entendida, la incertidumbre de tu respuesta y la culpa de no ser sincera en la primera cita.

Espero y aún más deseo que me perdones, y que en un cruce de tu camino encuentres el amor de tu vida. Y yo, seguiré en mi soledad hasta entender que las quimeras son imposibles e innecesarias.

Tu amada

                                                                                        Desde su nido, 1 de agosto.

 

Ya sé la respuesta a tantas dudas, la frialdad de toda su piel y esa mirada triste y oscura con la que se despidió en nuestro primer encuentro. El amor no venció y aquí me encuentro, desolado y desasistido entre tanto desamor y en recuerdos huecos de sentimientos.

Lloraré este día, durante hoy y,

mañana, mañana saldré a buscar el amor.

8 Comentarios

  1. Enhorabuena Dolors, cartas de amor y desamor, de sueños, de vida. Mañana, siempre hay otro mañana.

  2. Por favor, apártense, dejen paso a la literatura con mayúsculas. ¡Simplemente, sublime! No tengo palabras.

    • Gracias, Gonzalo. Eso que viene de un escritor me enorgullece. Pero no soy más que una escribiente y no escritora.

  3. Eres escritora y con mayúsculas. Escribes muy bien y deberías publicar tu obra. El desamor, esa parte del amor que todos hemos sufrido alguna vez. Excelente relato. Cuídate.

    • Muchas Gracias, Fernando no sabes cuanto me motiva leer vuestras opiniones para dar lo mejor. Un beso.

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