Manuel, el enviado sin redención

Blog literario, la escribiente

Manuel, el enviado sin redención

El día apaga sus luces, mientras yo aquí desde este banco, de madera desgastada por tantos desconocidos intentando reposar las prisas, contemplo el cielo entre los naranjas y los azules que se ennegrecen con el ocaso.  ¡Cuánta belleza nutrida de tristeza! El Sol parece negarse a abandonar la tierra seca de lluvia, aún más, de decir adiós a la ciudad que acalla un día de muchos lamentos. Hoy ha sido de esos días en el que el Universo se ha confabulado con el infierno para castigar los desvaríos que muchos cometemos sin más reflexión que la impetuosidad.

La Luna hace acto de presencia, de puntillas, tan sólo es una silueta que dibuja el cielo que se embrutece por unas nubes de tormenta. Es normal en estas tierras que, aun siendo julio, las tormentas amenacen las tardes con la furia de la desesperación, dejando constancia de que no podemos dar la espalda al destino. El calor del día se condensa en la atmósfera, elevándose de la tierra yerma de agua y sobre todo de mucha indiferencia, para consumar sus deseos con el aire frío del cielo. Es una unión de fuerzas encontradas que debaten quien puede más. Como yo, un simple mendigo, enfrentado a su miseria y, peor aún a la mísera de su persona.

Cada día, a la misma hora, en el mismo banco busco el refugio de una botella para acallar mi conciencia y sobre todo olvidar porqué estoy aquí, desnutrido de pan y de afectos; andrajoso sin ropas que cubran la suciedad de mi piel, mugrienta de la mierda de mi vida y sin el aseo de cada día. Mendigo de día y desesperado de noche; vagabundo sin techo y refugiado del alcohol. Ese soy yo, un indigente sin nombre, aunque lo tuve, Manuel, el enviado sin redención.

No recuerdo desde cuándo ocupo este banco que me acoge desprovisto de tarjeta de visitas y sin una cartera que atesore un billete, si tiro de memoria, creo que hace un año que encontré su consuelo. Tiemblo al recordar que me trajo a esta situación. No tanto por mí, sino por el dolor que causé a tantos…

La Luna parece reclamar su espacio en cada vuelta de reloj, igual que yo denuncio mis remordimientos ante un tribunal de moralidad para redimir el mal que hice. Retrocedo en el tiempo, cuando vestía traje y corbata, zapatos de piel curtida por los esclavos de la pobreza. Cuando paseaba mi arrogancia engominada por espuma de grandeza y, encadenaba cada decisión a una nómina de intransigencia y mucha injusticia. ¡Qué ironía la mía! El defensor de la justicia vencida por ella misma. Muchos años de estudio, horas consumidas bajo la luz del flexo, y después muchos más agotando la vida en un trabajo sin horas. El teléfono era mi aliado y los clientes mis únicos amigos. Tenía tanta fiebre de éxito que no podía perder el tiempo en nada más. Agotado acababa los días sin más que un sueño reparador. Eran otros tiempos, cuando no necesitaba nada más consuelo que una visa oro, un Audi último modelo, para comerme la carretera en un suspiro y quemar la adrenalina de todos mis sueños. No necesitaba más que un viaje a Tailandia para saciar mi hambre de sexo y muchas rayas de nieve blanca y pura, excitando mi cuerpo entre bailes y alcohol. No precisaba un, buenos días, era yo quien imponía si eran buenos o malos. Era Yo, yo el rey del bien y el mal; yo quien compraba el amor; yo el impostor de la lealtad; yo el perfecto sin más.

Mas, la vida siempre guarda un as bajo la manga, paradojas de ella, no lo supe hasta ahora, mientras desprovisto de nada, vacío de dignidad compruebo que el destino es el que es: impone su voluntad sin piedad, sin escuchar tus razones, sin juzgar tus decisiones. Y ahora, aquí en lo profundo de la noche que acontece sin más, intento olvidar con el cuello de una botella entre la garganta y mis dedos, todos mis errores. El error de pactar con el diablo de transcender con mis instintos de triunfador. El error de creer que yo podía vencer al destino. El error de no aceptar que lo fatídico está a la vuelta de la esquina. El error de acallar la conciencia.

Sí, hoy se cumple un año, trescientos sesenta y cinco días desde que la velocidad de ímpetu, desde que el veneno de mi sangre, desde que las risas a la imprudencia, las burlas a las normas que yo tanto defendía, se aliaron para estallarse contra el cuerpo de un inocente. Y junto a su cuerpo hecho añicos y de su sangre vertida a borbotones; se quedó mi alma petrificada en cemento y, en el hierro herrumbroso de mi amado auto y el esqueleto de una bicicleta partida por la mitad.

Desde entonces desperdicio mi vida en una botella, vagando de aquí para allá, zarandeando a los paseantes en empellones de lo siento; mirando escaparates por si encuentro aquel que fui; inquiriendo perdón en cada esquina; mendigando unas monedas de reputación; llorando mi condena.

La noche se hace negra, agonizo el día de podredumbre y la asfixia de saber que nuestros pecados se pagan, de alguna manera. Y no hay peor castigo que una mala conciencia.

Seguiré bebiendo de esta botella para encontrar el sueño eterno.

14 Comentarios

  1. Un relato que describe la soledad, una triste realidad muy visible en este siglo XXI. Felicidades, Dolors.

  2. Soledad, remordimientos, fatalidad, culpa y una pluma sensible y fuerte. Un relato desgarrador que vemos mucho y que tú, observadora lo plasmas tan bien, tan fuerte, tan real…Felicidades, Dolors

    • No sé como agradecerte la confianza que depositas en mí. Y más como me motivas a que escriba más. Un beso, mi querida Pino.

  3. Leerte y no decirte nada es un pecado, escribe como un maestro. Cada palabra, cada gesto por ínfimo que sea de sus escritos, traen tras de sí una conceja. Felicidades por alcanzarlo.

    • Muchas gracias viniendo de tan gran maestro. Gracias, Dani. Besos

    • Muchas gracias, Queiro, eso somos los humanos quebradizos y volátiles. Gracias, saludos.

  4. Nunca hay que subestimar al destino, no sabemos lo que nos deparará…Bravísimo, princesa!

    • Siempre es el destino el último en tomar la palabra. Muchas gracias, Laura.

  5. Un relato que plasma una realidad que es el pan nuestro de cada día, a pesar de que la gran mayoría eche la vista para otro lado y actúe como si en verdad no estuviese ocurriendo ante nuestras propias narices. Bravo por la gran sensibilidad que nos muestras en cada uno de tus escritos, y quiero decirte que son muchos los llamados y muy pocos los que consiguen, como tu, trasmitir de una manera brillante, los pequeños detalles de la vida. Me encanta la forma de describir de la que haces gala, princesa.
    Un besazo enorme.

    • Muchas gracias, Ignacio, por tus palabras. Un beso.

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