Blog literario, la escribiente

Martina entre el sueño y el desvelo

Y allí en aquella diminuta habitación, sin ventana ni cortina, Martina cierra los ojos en la crueldad de la ausencia de ella misma, y el no poder olvidar el dolor de querer tanto.

Martina, despierta entre hora y hora sin perder de vista cada bicho que se mueve con el letargo de hacer eterna su presencia, en el techo de su prisión. Mientras observa la desbandada de arañas y hormigas que corretean, huyendo de la humedad que chorrea del gris de la superficie, Martina desglosa sus miedos en la convulsión de su cuerpo. Se estremecen sus piernas, saltando de aquí para allá, en un baile sin ritmo y mucho deseo de romper el colchón con el desgarro de morir en el intento. Sus brazos frágiles y quebradizos por la falta de la magra que los pueda sustentar se estiran hacia el techo, con la desesperación de apartar de su vista, aquel ejército de insectos deseando devorar aquel espectro de mujer. Entre gritos enmudecidos, por los gruesos muros de su celda, sucumbe a los espasmos de su liviano cuerpo. Asfixia su desesperación con la opresión en su pecho, mientras acerca la mano derecha a su cuello, en el intento de no perder la vida en cada temblor, mientras una araña se acerca al negro de su pupila izquierda, para robarle todas las imágenes de los días que vivió en un tiempo ya olvidado.

Martina desespera ante aquello que le acontece, la estrangulación de su garganta por el aire que no entra por su cavidad nasal y, menos aún por la boca cerrada a cal y canto por un cerrojo de miedo. Exasperada, se remueve intentando alejar aquellos infectos visitantes que le roban la sinrazón. Un minuto, dominada por la angustia que se eterniza dibujando sombras en las cuatro paredes de su habitáculo. Paredes pintadas por los tatuajes de tantos otros que grabaron su desesperanza de no sentir la piedad de los enfermeros, guardianes de sus mentes. Ella, inocente a todos aquellos cautivos, busca piedad, clamando con el gesto de sus cejas, pobladas de historias de pocos afectos, clemencia a su tortuosa mente. Poco a poco, los insectos se retiran a su refugio de invierno, sabedores que han ganado la primera batalla, mas aún no la guerra. Aunque sus previsiones, son optimistas de conquistar aquella tierra, llamada Martina.

Martina en un charco de sudor, busca el consuelo de remojar las heridas de la contienda en una lagrima que se pierde por su rostro de cera. Por fin, intenta acompasar su respiración al momento, inhala un sorbo de aire, oxigenando su cerebro, tomando conciencia de que de momento no será presa de la red tejida por la araña madre. Esa que se cuelga de su cerebro, balaceándose en sus ideas de no ser más que una maldita presa de su reflejo. Una cautiva de sus complejos; la nada de su ser; el cero a la izquierda; el miedo en cada decisión; la obesidad de su imaginación. Martina cede a la distorsión de la penumbra, pues sus carceleros no volverán a encender la luz hasta la hora de desayunar. Este lapso de tiempo entre la madrugada de pesadillas y el amargo amanecer, Martina despunta cada uno de sus cabellos rizando sus sueños entre los dedos. Aconteciendo los hechos de ese día aciago en mucha melancolía, consolando su ansiedad de saberse presa sin más cadenas que su tristeza. Inquieta se arrebuja en el catre intentando calmar su ansiedad, esperando que las horas hasta el alba mueran sin más imágenes que el vacío de ella misma. Fija su retina izquierda en el techo, ya despejado y sin rastro de la batalla acontecida momentos antes; mientras la retina derecha solicita una tregua para cerrarse y limpiar las legañas que se amontonan como el insomnio, en noches tránsfugas del sueño. Y así, Martina se libera por un instante de todos los reproches que su madre le esputó antes de abandonarla a su suerte, en aquella casa de los horrores. Se dispensa un rato para soñar en el azul del cielo, en el cristalino del río y en la tierra exudando el calor del sol abrasador.

Por fin, Martina se escapa de su delirio, el que se aferra a su destino, el tiempo suficiente para que el reloj le devuelva a la realidad. Dos horas de armisticio para integrarse en la rutina de su nuevo hogar. Por fin, las pastillas rositas de dormir provocan en Martina, el sopor necesario para sucumbir en el sueño, abandonando el desvelo.

Martina y su nuevo hogar