Martina y su nuevo hogar

Blog literario, la escribiente

Martina y su nuevo hogar, relato. Pintura de Andrea Kowch

El día que Martina entró por la cancela de aquella antigua casa, no podía sospechar lo poco que quedaría de ella el día que saliese por ella. Cogida de la mano de su padre se quedó paralizada en el primer escalón de entrada, contemplando los desconchones de los muros, enmohecidos por la humedad que exudaban, con la misma lentitud de la niebla que caía para en cegar las miradas de esa ciudad decadente, que la acogía. Un escalofrío recorría la columna vertebral de Martina, una espina que se encorvaba sin llegar a partirse, estremecida por la intuición de que algo malo sucedería. La joven acumulaba en su espíritu tantos vientos que azotaban su equilibrio, que caía en la constancia de lágrimas y tristeza. En Martina se arremolinaban marejadas de preguntas incomprendidas y sin respuestas; ella era una figura desgarrada por demonios crecidos al amparo de otros. Por una madre controladora, la perfección para ella era la única razón de vivir. Olvidaba su madre que ser perfecto era una ofrenda de dioses a aquellos de buena voluntad, almas cristalinas sin tachones. De un padre asentado en el conformismo de ver pasar los días, sin más; consumiendo cigarrillos con la ansiedad de perder las horas en beneficio de otros, perdiendo la dignidad en el sí a todo. Sí, Martina acumulaba sombras de un novio celoso; de amigos interesados; de un mundo sin sentimientos. Ella, era dolor en cada respuesta, culpa en cada duda, un sinvivir de sufrimiento en cada paso que daba. Por todo ello y más se encontraba en aquel escalón, paralizada y sacudida por el miedo de traspasar la puerta de aquella casa de los horrores.

Siempre había sido una niña cuya soledad era su mejor compañía. El silencio se adueñó de ella, cuando en tardes de domingo perdía la inocencia en manos de un mayor sin educación y nada de cortesía. Un mayor que le arrebató su muñeca cuando aún no sabía que las embestidas es cosa de mayores. Martina se tragó la lengua a los doce años, asfixiándose en su propio vómito. Y la vergüenza ensució su piel y, por mucho que restregará con un cepillo de púas, su piel no volvía a ser blanca y tierna como antes lo era. Una costra de dolor y miedo cicatrizó la sangre derramada. Y así se hizo adolescente, entre un grito acallado y muchos porqués por preguntar. A pesar de ello, Martina se aplicó más y más por complacer la perfección de su madre; abrazar los días de conformidad de su padre y ofrecer complacencia a su novio desde el principio.

Martina contemplaba la puerta de su nuevo hogar: pesada por el tiempo; tosca de la madera desgastada por un siglo y carcomida por los dientes de aquellos que la traspasaban. Ella ya no era la niña sin infancia, ya era la mujer apagada de ilusiones a sus dieciocho años. Azorada por su madre, traspasó el quicio y, tal como intuyó, la oscuridad cubría una sala adornada por el rococó de épocas pasadas. Polvo y mugre se acumulaban en cortinas de bermellón, pesadas por un terciopelo desgastado por la furia de quiénes intentaban correrlas. Los postigos de los cuatro ventanales que conferían profundidad a la estancia eran herrumbres de demencia anquilosando la entrada de aire. Y es que en aquella casa nadie podía huir sin el permiso del loquero que la administraba. Ni siquiera asistir a la misa del domingo sin el visado correspondiente. Ante el panorama ennegrecido por el soborno de curaciones registradas en el papel de sus paredes, Martina accedió a despedirse de quiénes la acompañaban. Sólo una lágrima fue su adiós, mientras por un pasillo largo y estrecho avanzaba a la salvación de su cabeza.

En el tránsito del pasillo a la celda que la aguardaba recorrió parte de su joven vida. Unos primeros años de curiosear por lo desconocido, después años de silencio y culpa, y en ese instante la muerte le rondaba como Romeo a su Julieta. Sus venas eran testigo de ese amor que cortaba el paso de la sangre a su cerebro. Y en aquella casa, de muros conservadores, de celdas de castigo intentarían curarla del enamoramiento que mataba su razón. Un amor de besos furtivos alimentados en ocasiones por pastillas, y en otras, por cuchillos de doble filo. Besos que cubrían su piel tenue y blanquecina como la hoja de una libreta, escribiendo la vida de una joven matada por el sufrimiento de vivir. Por eso estaba allí, esposada a un tiempo vacío de momentos no vividos; prisionera de ella misma.

Martina acomodó sus ojos a la nueva luz de la celda, penumbra de una bombilla sin casquillo. Un camastro donde reposar su agotado cuerpo por la nada de esfuerzo; una mesita de dos cajones desencajados por tirones sin medida; un armario de una puerta donde acumular la ropa que llevaba en una maleta de nostalgia. Eso era aquella celda, un exilio convenido por otros, donde exhumar la depresión de su razón. La joven adaptó su cuerpo a las nuevas circunstancias, y sentada en el camastro miró al techo donde los bichos de su cabeza correteaban buscando un hogar para instalarse. Una fauna de insectos infectando de soledad el occipital derecho y, en el izquierdo se extendía un virus de melancolía. Menuda ironía, Martina luchaba contra la soledad encerrada en ella misma, en una celda con una cerradura de doble vuelta.

Y allí en aquella diminuta habitación, sin ventana ni cortina, Martina cerró los ojos en la crueldad de la ausencia de ella misma, y el no poder olvidar el dolor de querer tanto.

10 Comentarios

  1. Fuerte y desgarrador, MARTINA Y SU NUEVO HOGAR, Dolors López, brillante.

  2. Allí en aquella esquina, con la soledad abrazada muchas veces uno está. ¡Ay Martina!

    • Martina es un espíritu errante entre las sombras de la soledad.

  3. Emocionante, emotivo, triste, intenso y diferente. Me gusta tu versatilidad, Dolors. Felicidades, de corazón

  4. Me inspira mucha ternura Martina, pero también fortaleza y valor. Felicidades por el relato, amiga 😘😘

    • Así es, una luchadora de si misma. Gracias por leer y comentar.

  5. Muchas felicidades. Excelso

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