El café

Blog literario, la escribiente

El café, relato

Se acerca la hora, y mis nervios ya se ponen en funcionamiento en mi estómago. Son casi las nueve de la mañana, cuando el reloj marque exactamente ese número mágico y atrevido, será el momento en que liberaré toda esta tensión que se acumula en mis hombros. Desde las seis de esta mañana calurosa y asfixiante me limito a correr de aquí para allá detrás de una máquina. Ella marca el ritmo de cada día mientras consumo las horas y mis manos en cada pieza que escupe, con desespero, igual que yo, urdiendo historias en mi memoria. Esas historias, ímpetu en mi mente, se desatan para ser escritas en cuanto llegue a casa, a mi pequeña habitación rodeada de mis cosas. ¡Mis cosas! Ellas me alimentan; mis libros sacian mi curiosidad; mis pinceles nutren mis emociones y mis zapatos satisfacen mi vanidad. Estas pequeñas cosas, mis cosas, hablan por mí, me definen, son mi existencia. Olvido mi portátil; él es mi diario, mi confesor, mi enemigo y mi mayor amigo. Me condena con sus palabras de despropósitos y, perdona mis devaneos; asiente mis aciertos y crítica mis decepciones. Anima mis desconciertos y modera mi vehemencia. Mis cosas, sin ellas no soy quién soy.

Suena el timbre de las nueve, mi pulso se acelera como el calor se desvanece en el ambiente. Doy el relevo a mi compañera de faena, para que esta máquina que no pare de expulsar piezas, siga produciendo el bolsillo del amo y, pague mis facturas. Me atuso los cabellos, compruebo mi uniforme, su pulcritud y, sin más me dirijo a la máquina de café. Como cada mañana a su alrededor nos reunimos, en tertulia unos, en silencio los menos; pero sobre todo deseando devorar el tiempo en un café aséptico de sentimientos; agotar la jornada en un sucedáneo de pura desgana y más hastío. El café simula regalarnos las energías que exhaustas se han perdido hace unas horas. Para mí, el café es mucho más, representa la ilusión en una nube de leche; el amor con su azúcar y el deseo en su oscuridad. Este café matutino alegra mis horas, impulsa mi confianza, acelera mi fe… Fe, bendita palabra, la consagración de creer en Dios o, quizás en las personas. Fe, para no perder los detalles que la vida te ofrece en cada instante. Fe, que da sentido al revoltijo de sentimientos acumulados en las entrañas. Fe, bendita palabra, con ella inspiro mis versos. Y con ella espero que cada mañana, él se dirija a buscar el café. El pulso se aviva, es una llama que quema mi apatía, y enciende mis sentidos. Un sexto sentido marca su presencia, y aquí a mi lado, como cada mañana coincidimos él y yo. Un simple buenos días son nuestras palabras y, una mirada iluminada por una sonrisa nos cruza. Él con su traje Armani, sus zapatos Ferragamo y esa elegancia que traspasa la puerta de acceso a cualquier parte. Ese porte que engalana de admiración los ojos de todos quiénes se cruzan con él. Y aquí está, a mi lado, como cada mañana desde hace un año.

Un año ha pasado desde la primera vez que coincidimos en la puerta, de esta empresa que alimenta mi despensa. Yo me presentaba a una entrevista de trabajo, me había vestido para la ocasión, discreta, pero con cierto estilo: mis pantalones chinos, negros como mis ojos y mi blusa azul cielo como los suyos. Yo optaba a simple operario de producción y él a ingeniero industrial. ¡Un año, ya! Y como en aquella ocasión tan sólo nos acercamos en un café, en un «buenos días», y en el encuentro de nuestros ojos.

Tantas noches sueño con el roce de sus dedos en mis manos de sencilla mujer; una caricia de palabras que me haga tocar el cielo y el destello de su luz alumbrando mi oscuridad. Imagino su voz declarando su amor, y yo robándole una lágrima de alegría. Ensueño sus brazos abrigando el frío que atesora mis huesos. Templando mi melancolía con su sonrisa. Prendiendo el deseo que mi cuerpo anhela en un mar de roces y más besos. Conquistando mi pobre corazón desgastado de tanto amor y mucho más, desamor. Sueño con él en mi sueño y despierta. Despierta en cada segundo, bloqueando mis miedos. Renaciendo mi ser en el valor de correr con él, volar como una cometa y olvidar el duelo. Inventando un nuevo idioma de juegos entre su alma y mi espíritu.

Hoy me gana más su sonrisa que desvela mis noches, su altura eclipsa mi pequeñez y su cuerpo cincelado con la ternura del escultor que martillea sin golpear, resucita mis deseos. No puedo dejar de temblar, me estremece su sola presencia, y es que esto tiene el amor, un vértigo de emociones que ascienden y descienden por una hipérbole de encuentros y desencuentros. Esto es el amor, el aturdimiento de la razón; la improvisación de la conversación; el arrebato de la imaginación. Esto es el amor, un beso a un desconocido, un perfume de sueños, la falta de apetito… Esto es mi amor, mi otra mitad en un vaso plastificado conteniendo un café de aromas infinitos. Un café intenso y fuerte regenerando mi cuerpo, más aún, incitando mis delirios. Esto es el amor… un café.

Mis nervios se apoderan de mí en todos mis pensamientos, treinta segundos de ideas que se agolpan pidiendo turno a empujones. Mis manos con el tembleque de la adolescente ante su primer amor, dudan de coger los besos imaginados o dejar que se escapen por el desagüe de la máquina de café. Mi boca se adelanta a mi razón y sin más, me dirijo a él, mi Eros, y le digo:

─¿Solo o con leche?

Una sola respuesta.

─Contigo.

11 Comentarios

  1. Preciosa y un final fabuloso. Gracias, Dolors y feliz viernes.

  2. Como siempre, exquisito. Enhorabuena, querida amiga🙌😘

  3. Fantástico relato con un maravilloso final, Dolors.
    Yo también quiero un café así… un amor así…
    Felicidades por él y gracias por compartirlo.
    Besos.

  4. Precioso relato, un café muy especial con un final grande. Enhorabuena, Dolors

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