El espejo de Fernando J. Baró

Blog literario, la escribiente

El espejo relato de Fernando Baró.

      El espejo reflejaba la figura de una mujer delicada de bellos, abundantes y largos cabellos de color negro que daban en azules; verdes y misteriosos ojos, hermosa mirada y boca apetitosa y pequeña. Desnuda y bien abierta de piernas -como si se le fuera la vida en ello-, acariciaba su sexo e introducía levemente sus dedos finos y humedecidos en su dilatada y mojada vulva.

      La habitación impregnada -tal vez- de los fluidos corporales de la joven olía gratamente a hembra apetitosa, a lujuria, a deseo prohibido.

   Ella pensaba en él con sus manos y obedecía gustosamente las indicaciones que él días atrás le había dado a la hora de satisfacerse sexualmente y en soledad. “Cuando lo hagas, -la dijo- que sea frente al espejo. En él verás lo que a mí me gustaría estar descubriendo”.

      La joven morena de cabellos oscuros imaginaba que él acariciaba todo su cuerpo lentamente y sin prisas, que besaba suavemente hasta el último milímetro de su piel, que lamía con su mojada lengua desde sus pies hasta su boca, pasando por las piernas, los muslos, el ombligo, el bajo vientre, los minúsculos pechos y el cuello. Todo era tocado, todo era besado, acariciado y lamido menos su apetitoso tesoro, su monte de Venus. Su sexo permanecía fuera de la lasciva fiesta, excitado en exceso y deseoso de entrar en escena, pero ella sabía a ciencia cierta que él no iba a irrumpir en su pretendido bosque oscuro hasta que fuera ella quien se lo pidiera. El juego sicalíptico consistía en parte en eso. A ella le gustaba acercarse al espejo y sentir el frío de la luna de cristal en sus pezones mientras extasiada cerraba los ojos.

      Al rato, tras unos leves gemidos, sudorosa y sin dejar de mirarse al espejo, excitada, pensando en la agitación de él en el caso de que pudiera verla así, soltó un grito seco y se quedó tumbada plácidamente en el lecho.

       Pasó alrededor de media hora, la joven tras despertarse, se levantó y se metió en la ducha. Después de asearse, maquillarse y pintarse aquellos hermosos ojos verdes, se vistió y salió a la calle a cumplimentar una jornada laboral más.

      Sus compañeros de trabajo no podían imaginar su deseo, su constante apetito sexual no satisfecho por su marido que al parecer ignoraba sus necesidades más animales. Esas que muchos lamentablemente olvidan convirtiéndose casi al cien por cien en seres racionales omitiendo lo maravilloso, lo sublime que resulta ser lo que somos realmente, racionales sí, pero en parte animales y ay de aquel que deje de serlo.

      Él mientras tanto ocupaba su tiempo en su afición que era su oficio. Se ganaba la vida vendiendo antigüedades. No tenía tienda ni la necesitaba tener, era intermediario en compra-venta de objetos antiguos. Si alguien estaba interesado en una pieza, no tenía más que decírselo, el resto dependía de él y sin lugar a duda, antes o después -si había dinero por medio- el cliente iba a tener el deseado artículo en su poder.

      Él también llevaba un tiempo pensando en ella constantemente. Entre cómodas dieciochescas, Renacimiento Español, sables napoleónicos, cornucopias, bargueños y rejería en forja de los siglos XVII, XVIII y XIX siempre estaba ella. Aparecían sus verdes y misteriosos ojos, su pelo negro y abundante, su insinuante y pequeño trasero, sus delicadas formas, su dulce voz…

      Nuestro protagonista recibió un encargo en la ciudad de Cuenca. Arriba en la parte Alta, en la vieja urbe, más abajo del barrio del Castillo, tenía que valorar y si estaba dentro de lo razonable comprar una casa, construcción del siglo XVII cuyos jardines y ventanas daban a la maravillosa, mágica y casi irreal Hoz del Júcar.

      Según el argot del fascinante mundo de los anticuarios, comprar una casa es comprar todo su contenido, muebles, detalles y decoración de más de cien años.

      Así que nuestro vendedor de antigüedades encaminó sus pasos desde Madrid a Cuenca y allí se instaló en un bello y lujoso hotel llamado “Leonor de Aquitania”, alojamiento con excelentes vistas a las Hoces del río Huécar.

      Tras hospedarse y comer algo, se dirigió a la casona señorial indicada donde le recibió don Ramiro, testador y encargado de custodiar y repartir los bienes según la última voluntad de don Fernando de Guzmán y Villalta, marqués de Aynadamar, fallecido sin descendencia.

      Don Ramiro, varón sesentón, bajito, de cara bonachona, rechoncho, descuidado en el vestir y con unas gafas de considerables lentes, había sido el hombre de confianza del marqués y tras abrirle la puerta le dio plena libertad de movimientos, ya que según sus propias palabras, tenía memorizado fotográficamente hasta el último lápiz que pudiera existir perdido dentro de un cajón o sobre alguna de las repisas de la extensa biblioteca, llena de verdaderas joyas literarias encuadernadas en piel y en edición de lujo de los siglos XVI, XVII, XVIII, y XIX, sin contar los excelentes libros del siglo XX.

      “Tiene usted todo el tiempo del mundo para valorar todo el contenido de esta casa y si está en su mano, pagar y llevarse todos los muebles y objetos, a excepción del espejo de madera dorada que preside el salón de baile. Ese por deseo de don Fernando, debe de quedarse donde está, colgado en la pared, o la casa y todo su interior, de una manera u otra desaparecerán para siempre” -le dijo aquel gordito cegato, avaro, simpático y con aspecto usurero y tacaño no solo en el vestir.

      La casa era verdaderamente bella y grandiosa. Para cualquier enamorado del arte y las antigüedades era un auténtico paraíso el permanecer dentro de sus muros al menos diez días ya que dada la cantidad de objetos, valorarla era una labor lenta pero llena de sorpresas puesto que cada puerta que se abría, cada estancia nueva, era un museo del siglo XIX con piezas del XVIII y algún que otro mueble de principios del XX. No digamos cuando nuestro protagonista traspasó en la tercera planta de la residencia el umbral de la puerta y ante sus ojos en un despacho de Renacimiento Español trabajado excelentemente en nogal y con motivos del descubrimiento de América; carabelas, indios y Colón incluido, apareció una sublime colección de armas blancas en la pared compuesta por espadas de ceñir modelo, sables napoleónicos y prusianos, espadines franceses dieciochescos, espadas y sables de la Guerra de Cuba, algunas de la época de la Conquista perteneciente a alguno de los capitanes de Cortés o Pizarro. Decenas de bayonetas de la Guerra del 14, de la de África, de la Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial.

      Día tras día el anticuario fue inventariando detalladamente en su cuaderno pieza a pieza. Escribiendo el siglo, el material, las medidas, el valor por el que podía comprarlo y el precio por el que podría venderlo.

      En ocasiones recordaba a la joven morena de cabellos negros y abundantes que estaría en Madrid acaso pensando en él con sus manos y disfrutando lo que los franceses llaman la “petite mort”, esa pequeña muerte en la que la mujer alcanza el orgasmo y pierde la conciencia durante unos segundos.

      También él, en la soledad de su cuarto de hotel, apaciguaba con sus manos, el deseo de no tenerla. La imaginaba desnuda a excepción de unas minúsculas bragas blancas de algodón junto a él, acariciando, besando y posteriormente lamiendo con cariño y lascivia todo su cuerpo. Ella en varias ocasiones le había dicho que si fuera libre, le encantaría descubrir de él los placeres más ocultos. El anticuario recordando todo aquello, imaginando cómo sería su desnudo, cómo trabajarían sus manos, sus muslos y su boca, eyaculó y se quedó dormido.

      A la mañana siguiente recibió una llamada de Francisco Escudero, uno de los mejores anticuarios de España y con quien había hecho buenos negocios. Le estuvo comentado la mayor parte de los objetos que ya tenía inventariados y la curiosidad de poder comprar todo a excepción del espejo del salón de baile. Pieza italiana del siglo XVIII de madera dorada, con frontón decorado con un escudo de oro, rojo y negro. El marco estaba compuesto por figuras de  guerreros, tambores y sirenas.

      Escudero le enumeró las piezas en las que estaba interesado con lo que a pesar de ser un montante económico considerable el comprar todos aquellos objetos dignos del mejor de los museos, nuestro protagonista, podía realizar una cuantiosa oferta a don Ramiro, ya que muchas de las piezas más valiosas iban a ser compradas por su colega y llevadas directamente a su tienda en el barrio de Salamanca en Madrid.

      Una tarde después de terminar su jornada de trabajo, se acercó al puente de San Pablo y tras atravesarlo entró en el Parador Nacional, antiguo convento de San Pablo emplazado en la Hoz del Huécar, compendio de escarpadas paredes y frondosa vegetación frente a las Casas Colgadas. Estuvo viendo el claustro y en lo que fue la antigua capilla, convertida hoy en una acogedora cafetería se tomó un par de gin-tonic y recordó que bajo esos muros de enormes ventanales, años atrás, en una de sus habitaciones, se había alojado una de las mujeres que más había querido a lo largo de su vida, su idolatrada diosa, la sirena de sus mares, había pasado un verano hospedada allí con otro hombre.

      Otro de los días que estuvo en la vieja ciudad de Cuenca lo disfrutó viendo en el museo de Arte abstracto español la exposición “En cuerpo y alma” de su admirado pintor Egon Schiele. Cuerpos desnudos de mujeres en posturas desafiantes y sinuosas como medio de conocer la condición humana.

      El albacea testamentario se pasó una mañana por aquella enorme casona y el anticuario tras doce días de concienzudo y esmerado trabajo, ya tenía claro el dinero que podía ofrecer por todo aquello. Don Ramiro tras saber dicha cantidad aceptó pero quería el dinero un billete encima de otro, no admitía transferencias a pesar de que el banco avalara la operación.

      Don Ramiro, -le dijo el anticuario- es mucho dinero del que estamos hablando. Yo no dispongo en este momento de esa cantidad, necesito vender parte de los muebles y objetos a un amigo que tiene tienda en Madrid y que está interesado. Podría en un par de días darle el dinero a excepción de 60.000 euros que le abonaría en no más de dos semanas una vez cierre la operación.

      Aquel gordito avaro, quedó callado unos segundos y tras quitarse las gafas y secarse el sudor de la cara con un pañuelo, aceptó con la condición de que la deuda de 60.000 euros quedara reflejada en un papel ante notario. El anticuario dio por buena la operación y al cabo de dos días ante un notario amigo de don Ramiro en su despacho de la calle Calderón de la Barca firmaron la operación y la deuda que debía de saldarse a los quince días.

      Al amanecer del día siguiente un par de grandes camiones aparcaron frente a la casona y una cuadrilla de operarios comenzaron a embalar y meter en cajas de madera todos aquellos valiosos objetos, con la observación de no tocar aquel misterioso espejo italiano.

      El anticuario le preguntó a don Ramiro si sabía el porqué del deseo de don Fernando de Guzmán de conservar colgado en la pared aquel espejo.

      “Sinceramente no le puedo decir la razón de esa decisión. A mí me parece algo absurdo pero conociendo al marqués no me extraña pues era un hombre lleno de rarezas. Tan absurdo como que la casa no se pueda vender, ni tener un nuevo propietario. Hay un dinero depositado para ir pagando los gastos obligatorios de la casa en lo que a impuestos y contribuciones urbanas respecta en los próximos cincuenta años, pero nadie puede apropiarse de ella ni residir dentro de sus muros”.

      El anticuario pensó que tal vez detrás de aquel espejo pudiera existir una caja fuerte con algo muy valioso u oculto para el marqués pero viendo la pinta de tacaño y miserable de don Ramiro, era casi imposible que en el caso de ser así, aquel secreto siguiera estando allí y no en poder del rechoncho avaricioso.

      Aprovechando que el salón de baile ya estaba vacío a excepción del enigmático espejo y que no había nadie alrededor, nuestro protagonista levantó el espejo sin descolgarlo y tras él en dicha pared no había nada más que eso; pared. Pensó que una carta, escritura o papel trascendente podría estar adosado a la parte trasera del espejo misterioso y tras reconocerlo completamente, tampoco había nada. “Será un capricho absurdo del marqués” -se dijo para sí.

      El negocio había sido plenamente un éxito. Uno de los camiones iba derecho al anticuario de Escudero en Madrid y el otro a una nave alquilada por nuestro protagonista donde iban a estar los objetos decorativos y el mobiliario hasta poder colocarlos que dada la categoría de las antigüedades y los contactos de nuestro hombre, no iban a permanecer mucho tiempo depositados en aquella nave dentro de los terrenos de la Fundación de doña Fausta Elorz en la madrileña calle de Conde de Peñalver.

      En dos semanas y una vez recibido el dinero de su amigo el anticuario madrileño, volvería con 60.000 euros en billetes, se los daría a don Ramiro y asunto liquidado. Había hecho un buen negocio en el que una vez vendidas todas las piezas iba a recibir un dinero sustancioso. Pensó en invitar a comer en un buen asador a su morena de ojos verdes y en hacerla un espléndido regalo al llegar a Madrid.

      Antes de regresar a la capital, don Ramiro le preguntó al anticuario el valor, en el caso de que pudiera haberse vendido, de aquel espejo italiano del siglo XVIII. Por la belleza de su talla, lo raro que es, lo bien conservado que está y su época podría rondar bien vendido los 6.000 euros -le contestó nuestro protagonista.

      Transcurrieron dos semanas y el anticuario volvió a Cuenca a zanjar la deuda con don Ramiro. Cuál fue su sorpresa cuando al acercarse a la casona, solo estaba el viejo muro de ladrillo y las rejas de la tapia, el resto era un solar despoblado a excepción de unas asilvestradas adelfas.

      Asombrado y sin poder creer lo que sus ojos estaban viendo, acudió raudo a la notaría de la calle Calderón de la Barca donde fue recibido por el notario amigo de don Ramiro que le informó de la desaparición de éste.

      “Mientras no aparezca don Ramiro y sin herederos, no hay deuda ninguna” -le dijo aquel hombre que incomprensiblemente no estaba sorprendido ni de la ausencia del testador ni de la volatilización de la casona del marqués y que sin inmutarse lo más mínimo, volvió a meter la cabeza entre los papeles de su mesa de despacho y continuó con su trabajo.

      Regresando a Madrid, nuestro protagonista imaginó a don Ramiro descolgando aquel misterioso y enigmático espejo dieciochesco, con el deseo de llevarse algo más de lo que con toda seguridad se había llevado entre las uñas ya, y desapareciendo como por arte de magia al encontrarse dentro de la casa. Percibió las risas del difunto marqués satisfecho desde el otro mundo. Rememoró la comida que días atrás había tenido con la morena de verdes ojos y en la que no había conseguido como era habitual siempre que se veían ni un triste beso en los labios. Pensó en lo inexplicable de la desaparición de aquella extraña casona y del avaro de don Ramiro, en el misterioso espejo, en el espejo en el que la morena de cabellos negros y abundantes se reflejaba masturbándose bien abierta de piernas, accediendo a su petición.

      De repente recordó lo más importante, algo que había obviado hasta el momento con tantas conjeturas. Se había ahorrado 60.000 euros, había sido un excelente negocio.

                                                                                   Madrid, junio de 2009

                                                                                     Fernando José Baró

Blog literario, relato

Fernando J. Baró, escritor

 

5 Comentarios

  1. Gracias querida Dolors por publicar “El espejo”. Es un relato que tiene mucho de mí. La pasión por las antigüedades, por el arte, por la belleza, por la mujer, por la entrañable y mágica ciudad de Cuenca. Es el primer relato de mi libro “Cuando éramos reyes” presentado como sabes el lunes pasado en la Feria del Libro de Madrid.
    Un verdadero lujo colaborar en tu lindo bloc. Cuídate.

    • Gracias a ti, Fernando. Sé la pasión por el Arte en todas sus vertientes. Gracias por compartir aquí este espacio.

  2. Un capitulo inmejorable. Fernando, eres grande de verdad. Desde aquí animo a comprar tu libro, por que se que gustará a todo aquel que lo adquiera.
    A ti Dolors agradecerte que en tu blog publiques a escritores, poetas… con tan buena pluma.

    Un abrazo para ambos.

  3. Gracias Ignacio querido amigo. Un fuerte abrazo.

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