La ventana

Relato

La Ventana, relato

Vuelvo a estar en esta ventana abierta al mundo, desde aquí mi atalaya, mi pequeño hogar, mi cárcel de oro, ¡sí! desde estos cristales transparentes y limpios, siempre limpios, observo el mundo, aquellos que pasan corriendo acelerados por el tiempo; madres de la mano de sus hijos con las prisas de llegar tarde a la escuela. El barrendero que, como cada mañana, barre la porquería que se acumula en la acera, papeles de chicles de las adolescentes que se insuflan descaro y se nutren de vanidad, el tique de una compra no deseada, la publicidad del Telepizza o esa carta que te avisa del próximo desahucio. Parece mentira, de nuestra basura se sabe nuestra vida. Veo pasar a dos mujeres maduras que con ropa deportiva y ritmo acelerado, hacen su caminata diaria, y es que dicen, que caminar te da salud y, también te evita esos kilos de más, que a cierta edad, la mía, se acumula en lugares no deseados de nuestra anatomía. No olvido a los tres hombres, uniformados de ropa de trabajo, pasan fumando y conversando, seguramente de la última goleada del Barça, camino del trabajo. Y el microbús adaptado para personas con dificultad de movilidad, en realidad para esos “viejos” que en sillas de ruedas o con el taca-taca, como cada mañana llegan al centro de día, a pasar las horas, al sol de la incipiente primavera, con miradas perdidas, y ajenos a la realidad, pues prefieren recordar el pasado.

Sí, desde esta ventana, contemplo lo que a mis pies se abre al mundo, y yo presa, no puedo abrir ni lanzarme por ella a comerme cada historia, cada persona, cada momento. Y cada mañana veo pasar a ese pobre anciano, ¿por qué pobre? No sé, supongo que vuelvo a caer como la mayoría de mortales en la compasión. El caso es que cada mañana, Rafael como así lo he bautizado, arrastra sus pies apoyado en ese bastón que le sirve para dar un paso tras otro, empujando su cuerpo hacía adelante con la dificultad de la parálisis en la parte derecha de su cansado y derrotado cuerpo. Repta con la lentitud de un caracol, 25 cms y descansa, 25 más y avanza. Así se conduce por la acera derecha destino a 50 metros más allá. Y así vuelve esos mismos 50 metros, por la acera de la izquierda, despacio cabizbajo, no puede enderezar la cabeza, su barbilla toca su pecho con una leve inclinación hacia el lado derecho de su cuerpo, con una mueca de tristeza en su boca, fijada como una fotografía impertérrita a las horas. Apenas puedo verle los ojos, siempre fijos al suelo, quizás para él, mirar la tierra le concede la seguridad de no rendirse al cielo. Quien lo contempla pasar cada mañana, a la misma hora, como el soldado herido de muerte buscando la extremaunción de un Dios misericordioso, se rompe en la compasión de ofrecerle su brazo, para acercarle a su destino. Creo y quiero adivinar, que no quiere un brazo que le ayude en sus pasos, a lo mejor alguien a su lado que le acompañe, juntos hablando del tiempo o quizás de la vida. Avanza cada metro con el esfuerzo de la superación y, yo desde aquí arriba le invento una historia a Rafael, una vida de duro trabajo, de inmigración, no sé porque pienso que es foráneo, que incluso no habla el idioma. Calculo sus años, quiero creer que tiene 74, realmente aparenta esos. Y en la invención de su vida, abuelo y padre, esposo de su mujer con Alzheimer, expoliado por una vida de trabajo y misería, para obtener como premio una mísera pensión y un ictus. Así es la vida de puta.

Mientras sigo mirando por la ventana como Rafael hace sus 50 metros diarios, pienso en mí. Mi vida tan miserable como su vejez, falta del arrojo para lanzarme al vacío, rompiendo los cristales de tanta indiferencia y tanta falsa condescendencia. Volar por la ventana, alzando el vuelo como las gaviotas que se elevan a la orilla del río, con el graznido del triunfo por tocar el cielo con la punta de los dedos. Apoyada en el bastón de ese amigo que en la ausencia siempre es presente, cuando más lo necesito. Tú, mi ángel, porque siempre serás mi ángel, más allá del amor que siempre guardaré por ti, ese que descubrí una tarde de agosto, cuando tus caricias me descubrieron al espejo y, sin compromisos, decidimos que somos más amigos que amantes, amigos por y para siempre, como cantaban Los Manolos. Eres la muleta que me ayuda a caminar.

Hacer añicos este vidrio que me separa de ti, mi amor, nadando hasta la extenuación para salvar este océano que nos separa, y poder siquiera tener un beso tuyo, solo uno, para consagrar las promesas que nos hicimos en mensajes de madrugada. Sí, zambullirme en el agua de este mar bravío en la frustración y la impotencia, para salvaguardar lo que nos une. Llevándote a mi isla donde solo caben los besos y, los versos de amor y esperanza. Una isla donde las palmeras arrullen nuestras noches de amor, y nuestros días de larga conversación. Sí amor, como partir con rabia esta distancia que nos amenaza como la espada de Damocles, queriendo matar lo que Eros nos concedió.

Y sigo observando por esta reja translúcida, creada a base de abandono y depresión, como las horas pasan con la lentitud de la herida que necesita cicatrizar, pero supura la pus de la soledad y la nostalgia. Hablo a esta sombra que mi cortina dibuja sobre mí, y que pesa como la losa del muerto aún sin despedirse de los suyos. Soy yo, ese dibujo que se proyecta sin alargarse lo suficiente, reivindicando su originalidad. Y en la conversación que tenemos, le reprocho su dejadez, su parsimonia de no dar un grito a tiempo, a tanta injusticia como ha vivido. Le censuro su benevolencia a la arrogancia de quien se aprovechó de su inocencia. Le recrimino la confianza regalada a ton ni son, como si fuese rica en generosidad y millonaria de tiempo. Y ahora pobre y en la ruina, apaleada por las palabras malsonantes y los desprecios, vagabundea un hola.

Ironía de la vida, cualquier preso quisiera esta cárcel, cualquier pájaro querría esta jaula de comodidades, calor en invierno y fresco el verano, la nevera repleta de frutas deliciosas y quesos sabrosos. Y yo, me muero por mi libertad, esa perdida en una mente enferma por la perfección y la traición.

Envidio a Rafael arrastrando sus zapatos desgastados por tanto paseo, y quiero deslizar mis pies a pesar de tanto cansancio, para recorrer un camino cuyo destino sea mi paz.

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10 Comentarios

  1. Espera siempre en la albura
    Cuando parece el bello día,
    El resonar de las campanas
    La nube ligera ebúrnea ansía.

    Así aguardo al tren imaginario
    Que se deslice en alta mar,
    Como mi mente en su adivinar
    Miro la palabra el campanario.

    • A veces desde la altura no vives ni sientes la realidad, Dani. Besos.

  2. Dolors, simplemente BRILLANTE.

    Un besazo.

  3. Precioso. Em recorda Joan Salvat-Papasseit…

    • Ufff, Olga són paraules molt gosses. Mil gràcies. Petons.

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