Marzo en Madrid de Fernando Baró

Blog literario, relato

Marzo en Madrid, relato

Intentando presentar a nuevos escritores que luchan por abrirse un hueco en el mundo de la literatura, tengo el placer de dar la bienvenida al blog a Fernando Baró. A diferencia de la mayoría de los colaboradores de este espacio, amigos que he hecho por mi caminar por las redes sociales, Fernando, no es amigo debido a ello. Este escritor que concibe la vida como pura pasión, agotando cada minuto del día, para después derrochar su experiencia y sentimientos en sus relatos y poesía, lo conocí personalmente en una tertulia de Alfareros del Lenguaje. A partir de aquí, la amistad se ha mantenido.

Madrileño acérrimo, su evocación y recuerdos en sus palabras. Gracias, Fernando por colaborar.Sin más os dejo este relato.

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Llegó el segundo fin de semana de marzo y amaneció un bello día de radiante sol.

     Los madrileños hartos de días de frío y viento, toman las calles ligeros de ropa, dispuestos a pasear y tumbarse descalzos en los parques, a sentir en su piel los primeros rayos de sol en este sábado de primavera adelantada, mientras escuchan música, leen un libro, fuman un cigarrillo o besan y acarician a su pareja.

     Chicas en minifalda y short nos alegran la vista enseñando sus piernas enfundadas en pantis y medias negras transparentes de licra y nylon, algunas de encaje con un look desenfadado, femenino, con un punto punk. Botas altas que estilizan la figura o de tipo militar con aire de rebeldía.

     Paseo por calles que conozco bien, el Madrid de los Austrias, el de los Borbones. Plazas, parques, callejones, vías en las que pasé mi infancia, mi adolescencia y mi primera juventud. Pasajes en los que jugué, me peleé y me enamoré. Lugares donde fui inmensamente feliz y también en ocasiones desgraciado.

     Me encamino subiendo la calle Santa Isabel y bordeo el convento, la iglesia y el colegio de monjas de Santa Isabel que visitaba en mis años de bachillerato.

     Estudiaba en el SEK, en la calle San Ildefonso y además de las compañeras de nuestro centro, ligábamos con las cucarachas de la Asunción.

     Los chicos del Kostka las llamábamos así porque iban uniformadas de azul oscuro. Nuestras chicas llevaban falda tableada, camisa blanca y jersey azul de pico; nosotros pantalón gris, camisa blanca, jersey o chaqueta azul y corbata.

     En la entrega de notas, al finalizar el curso y en Navidad, cuando no estábamos liados con alguna de nuestras compañeras, acudíamos a las calles adyacentes del colegio religioso de Santa Isabel como depredadores en busca de presa fácil.

     El cebo era invitarlas a una litrona de cerveza. La cerveza y otros licores corrían por doquier y ya fuera para celebrar el aprobado o para olvidar los suspensos, bebían en exceso, aprovechando nosotros el momento de euforia o de bajón de las féminas para besarlas, magrearlas y meterlas mano bajo las faldas, ocultos entre dos coches o en portales oscuros.

     Sigo mi paseo matinal atravesando plazas y calles hasta llegar a la Plaza de Ramales, donde está enterrado Velázquez, y me adentro en la calle Santa Clara. Allí, en una fachada, sigue la placa que recuerda que en esa finca vivió y murió el escritor romántico Mariano José de Larra. En ese mismo inmueble se quitó la vida pegándose un tiro, por los amores y desamores con la andaluza, casada infiel, Dolores Armijo, un martes de carnaval de 1837.

     Un grupo de chicas, adolescentes, pasan sonrientes bajo la placa sin prestarle atención alguna; tal vez no sepan la existencia de la placa, quién era Larra, ni les importe en absoluto. Esta España cada vez más moderna, más europea y más despegada de su historia y de sus raíces.

     Llego a la calle Bailén y me tumbo en la pradera de césped, frente a la catedral de la Almudena, bajo el mirador sombrío, donde hace años escribí unos versos en recuerdo de Fígaro.

     En la acera de la fachada del Palacio de Oriente, un hombre canta opera acompañado de otro que toca el violín ante la mirada de los viandantes que una vez finalizada el aria, rompen en aplausos.

     El busto de Larra, cercano al “Anciano Rey de los Vinos”, a los pies de la explanada, es un espectador más en este entrañable entorno lleno de vida, en esta mañana soleada en la que espero que Fígaro no se sienta tan solo.

     En la verde pradera, parejas de jóvenes tumbados se besan y meten mano sin ningún pudor, un grupo de turistas extranjeros pelirrojos, pecosos y blancos como la leche, se sientan, descalzan y toman unas latas de cerveza, hay dos perros jugando mientras sus dueños dialogan y un señor distinguido que fuma un cigarrillo mientras lee la prensa…

     Llama la atención, por su belleza, una interesante joven delgada de cabellos lisos, cortos y castaños. Escucha música por los cascos, se ha quitado la chaqueta, los zapatos y desprendido del bolso, lleva puestos unos vaqueros pesqueros y una camiseta corta que deja ver su vientre liso y moreno. Sentada se lía un pitillo que enciende con una cerilla y fuma despacio, disfrutando del momento.

     Al cabo de unos minutos aparece un chico alto y corpulento. Se acerca a la joven de cabellos cortos y lisos, la besa en los labios y se tumba a su lado. Ella se pone encima de él, se ríe, le atusa el flequillo, le besa, le acaricia y empiezan a meterse mano.

     Me levanto y prosigo mi paseo llegando a la plaza de Oriente, escoltada por quince estatuas de reyes cristianos de la Reconquista, cinco reyes visigodos y doña Sancha de León. Rememoro el colegio República Argentina en el que hice preescolar y del que hoy no queda ni el edificio y mis juegos párvulos junto a mi hermana Almudena en este espacio cargado de historia.

     Me acerco al “Café de Oriente”, local elegante y decimonónico donde escribí algunos de mis relatos, tomé el aperitivo y pasé varias tardes con algunas de las mujeres que compartieron mi vida. Edificio del siglo XIX construido sobre los restos del Convento de San Gil del siglo XVII con unas curiosas cuevas.

     Me paro en la calle Mayor, en el lugar donde existía el palacio del conde de Villamediana, sitio en el que le dieron muerte en agosto de 1622 por orden de Felipe IV y del conde duque de Olivares, por intrigas de la Corte y amoríos diversos, proceso nefando, maridos burlados e injurias en prosa y verso a nobles y villanos.

     En el pasadizo de San Ginés, cerca de la chocolatería, en la rinconada, una placa nos recuerda que en este lugar, en el siglo XVII, vivía el madrileño Alonso de Contreras –el capitán Contreras- hijo de cristianos viejos, militar, corsario, escritor, pendenciero y amigo de Lope de Vega.

     Ya va siendo hora de comer algo, tras el largo paseo que requiere parada y fonda, y que mejor, en plan barato, que meterme entre pecho y espalda un bocadillo de calamares y un doble de cerveza en la Plaza Mayor.

     Hay varios bares dedicados a esta especialidad pero yo, tras hacer un inciso recordando el día de mi boda en la Casa de la Panadería, acudo a “La Ideal” en la calle Botoneras, donde de adolescentes íbamos los chicos del barrio a comer bocatas no solo de calamares, también de chorizo, salchichas, tortilla de patata, atún y morcilla.

     Con el estómago lleno, mi siguiente destino es la plaza de la Paja. Escenario en el que nos pegábamos los chavales del barrio contra los de Lavapiés y las Vistillas.

     Me recibe el palacio del Príncipe de Anglona, edificio palaciego del siglo XVII restaurado magistralmente y convertido en viviendas. Me llega el recuerdo de aquel tiempo en el que intenté, siendo novio de Yolanda, que fuera nuestra primera morada. No pudo ser, por falta de liquidez, en aquellos lindos años, plagados de ilusiones y sueños por cumplir, donde el amor lo inundaba todo.

     Entro en el recoleto jardín del palacio, abierto al público, y son otros ojos y otro amor que no llegó a serlo, quien inunda el recuerdo de una mañana fría pero soleada en la que fui inmensamente feliz acompañado de aquella joven y bonita mujer que practicaba el onanismo pensando en mí frente a la luna de un espejo y que terminó siendo solo un espejismo de lo que pudo ser una bella historia de amor. Sentado en uno de los bancos del jardín evoco sus ojos, sus labios, su risa, su boca, su olor, sus pechos pequeños de pezones oscuros, su trasero insinuante, su cuerpo que más de una vez abracé y que nunca llegó a ser del todo mío.

     Tocado de melancolía, una de las peores enfermedades que sufre el alma, prosigo mi paseo por la plaza de la Cebada, las calles de San Millán, Duque de Alba, donde vivieron mis bisabuelos y sigue existiendo el edificio de “El Imparcial”, periódico desaparecido, la plaza Tirso de Molina, que fue mi hogar durante cinco años, las calles de Relatores, Cañizares, Atocha donde estaba mi colegio, la plaza de Benavente donde por una ventana veíamos cambiarse de ropa a las bailarinas del teatro y la calle de La Cruz donde hago una parada y entro en “Matador”, una taberna tipo pub, donde me pido una copa intentando ahuyentar esta nostalgia que me invade.

     Me siento en un velador de madera y observo a los parroquianos. En una de las mesas hay un grupo de turistas italianas veinteañeras, degustando unas raciones de queso manchego, jamón y chorizo ibérico que beben agua mineral y coca cola. Un sacrilegio no comer estas ricas viandas con un buen vino. Son jóvenes y bonitas, delgadas, bien vestidas, de cabellos lisos y largos, gafas de sol de diseño y ropa de marca.

     En otra mesa, dos parejas guapas de españoles cuarentones, vestidos de sport, beben unos gin tonic y abrazados se hacen una foto con el móvil inmortalizando este momento en el que fueron o creyeron ser felices.

     Frente a mí, en la barra, hay una chica sentada en una butaca alta con las piernas cruzadas, no tiene unas piernas bonitas. Va acompañada de un chaval corpulento, un tanto macarra, con cara de boxeador y están tomando cerveza.

     La chica es morena, de cabellos ondulados en media melena, va sin pintar y físicamente es del montón, ni guapa, ni fea, con un piercing en la ceja y otro en el labio. Viste entre hippy y macarra, lleva un jersey largo que hace las veces de vestido corto, unas botas militares y unos calcetines negros subidos hasta las rodillas.

     Entre cervezas y risas salen a la calle a fumar tabaco liado y marihuana. Tras apurar un canuto, vuelven a la barra y piden dos cervezas más.

     Ella se sienta de nuevo en el taburete, esta vez con las piernas abiertas. No lleva bragas y descuidada o sin darle importancia alguna, nos muestra su coño negro depilado de hace días, su vello púbico rebajado que va creciendo sobre su monte de Venus como una sombra que bajo el vestido lo ocupa todo.

     Por el gran ventanal de la fachada, se ve a las putas haciendo la calle; blancas, negras y mulatas, españolas y extranjeras, cincuentonas, cuarentonas y de edad indeterminada. Gordas o excesivamente delgadas con aspecto enfermizo, culonas, desaseadas, descuidadas en el vestir, algunas desdentadas o con tatuajes carcelarios, buscando clientes que llevarse a las humildes habitaciones de las pensiones cercanas.

     Es el Madrid en el que nací y me forjé, que ha cambiado y no ha cambiado tanto. La vida tan dispar de unos y de otros que fluye sin descanso, como un río que no puede ni debe parar hasta desembocar en la mar que es la muerte.

     Sigo apurando mi copa lentamente, observando este escenario tan pintoresco. Termina la canción “Cadillac solitario” de Loquillo, una de mis preferidas, que me recuerda el tiempo en el que nos sentíamos reyes, en el que todo era posible. Éramos jóvenes y bien parecidos, trabajábamos duro y gracias a ello teníamos la cartera siempre llena de billetes para gastar con las chicas guapas y un bonito coche en la puerta.

     Suena como el agua clara que baja del monte, así quiero verte de día y de noche…

     Rememoro lo vivido, las batallas que he librado en esta lucha constante por sobrevivir, por  intentar ser feliz, sin olvidar de dónde vengo, quién fui, e intentando descubrir quién soy. Consciente en palabras de Borges de que “la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”.

     No estoy triste, solo algo melancólico, tal vez desengañado de muchas cosas y añorando otras tantas.

     No derramo una lágrima, pero sin poder evitarlo mis ojos se encharcan, como el agua, como el agua

     Es marzo en Madrid.

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Fernando J. Baró, escritor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8 Comentarios

  1. Muchas gracias Dolors por permitirme colabora en tu notable bloc y por las bellas palabras para presentarme. Ciertamente para mí la vida sin pasión no es vida; es estar muerto en vida. Como decían nuestros antepasados latinos: Tempus fugit. El tiempo huye y debemos de exprimir la vida al máximo. Aprovechar el día, la hora, el minuto y el segundo. Vivir al 150*100. Intentar vivir cada día como si del último se tratara. Siempre me he sentido abrasado por la pasión de querer.
    Para que se cumplan los sueños, es necesario de no dejar de creer en ellos. En palabras de la escaladora y montañera Araceli Segarra: La muerte no es una tragedia, la tragedia de la vida es no vivirla.
    Buen día a todos.

    • Gran frase, la tragedia es no vivir. Gracias por querer dejar tus palabras en este pequeño espacio.

  2. Un relato lleno de nostalgia de la juventud perdida pero que en la prosa de mi muy querido amigo Fernando derrocha el encanto del Madrid de aquellos tiempos. Como ya nos tiene acostumbrados a los que le conocemos hila a la perfección pasión y sentimientos con un toque especial de la Historia del Madrid que lleva en el alma. Enhorabuena amigo mío por este esplendido relato, el cual no conocía, y que me a hecho recorrer las calles de los Austrias como si yo mismo las estuviera paseando. Gracias, gracias y muchas gracias por haberlo compartido en el blog de esta gran amiga que es Dolors. Espero que no sea el último.

    A ti Dolors te mando un grandísimo beso.

    • Gracias Ignacio, por tus gratificantes palabras. Un fuerte abrazo querido amigo.

    • Mil gracias, Ignacio, invitado estás cuando quieras. Besos

  3. Fantástico tocayo, que tiempos y añoranzas pero no hay nada que no vuelva, tan solo que de otra manera.

    • Gracias Tocayo.
      Es un breve repaso por mi antigua barrio.
      Allí nací, me crié y pasé mi adolescencia. Aprendí a amar, la amargura del desamor, la verdadera amistad, la traición, la vida y la muerte…
      Un fuerte abrazo

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