Frente a Frente

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Sentados frente a frente, sin más presencia que nosotros mismos. Tan diferentes ahora y los mismos de entonces cuando nos conocimos, ─ ¡cuánto tiempo hace! Recuerdo aquella tarde de agosto, «todo en mi vida pasa en agosto, debe ser mi sino», con mis kilos de más, mis gafas de culo de botella, mi pelo ondulado hasta rizarse en tirabuzones de princesa y aquella timidez que me impedía articular ni siquiera un ¡ay! Sí ─ ¿recuerdas?, con tu camiseta Meyba, cómo la odiaba, y cuánto te gustaba, tus vaqueros pasados de moda y tus zapatillas de mercadillo. ¡Y qué guapo eras!, aún lo sigues siendo a pesar de los años, quizás has ganado en atractivo y, esas canas que clarean tu moreno, realzando tu cara latina, atlético y rudo, corpulento y vigoroso. Realmente, no has perdido nada de tu atractivo, y ¡qué pequeña me he sentido a tu lado! Yo tan poca cosa, con mis cejas negras y pobladas, y mis ojos profundos, ansiosos de tu declaración de amor. Tan seria y seca de carácter, triste, eso poco ha cambiado, ocultando mi escote, ya sabes, siempre he tenido manía a mis pechos que tienden a llevarse por la gravedad, y además pequeños. Pero ¿recuerdas?, tampoco te importaba demasiado para meter tu mano, grande y áspera, por debajo de mi camiseta rallada de marinero y con escote uve. Sí, me acariciabas mis pechos toda la tarde mientras contemplábamos el sol en el parque de nuestros encuentros.

Nunca te declaraste, ni te arrodillaste para pedirme ser tu chica. Tan sólo acercaste tus labios a los míos, y me besaste, suave y lentamente, ¡sí! ahora dirían un “pico”. Así empezó nuestra relación de novios adolescentes, un beso y una vida.

Me sonrío, recordando que significó aquel beso, te volviste una obsesión para mí, y deseaba conservarte a toda costa. Y es que ¿quién iba a salir con una chica como yo? Apática, empollona, regordeta y ¡tan seria! Así que aquel beso inició la metamorfosis de mi persona y de mi ser. Te diré más, tú fuiste la primera y única razón de mi existencia en aquellos tiempos. El miedo a perder a un chico tan guapo y tan listo, me impedía dormir y comer, hablar y estudiar. Y así dejé de ser regordeta para convertirme en famélica; de empollona en distraída; de discreta y formal a atrevida y sensual. Pasaron días, tardes donde nos comíamos a besos por las esquinas del barrio. Años escondidos a los ojos de mi madre, en aquella habitación con sólo una cama, retozando en armonía y sintonía al reclamo de las hormonas. Horas intensas donde nuestros cuerpos jugaban a ser mayores, sin temor a nada, ni siquiera a un embarazo no deseado. Y es que, aunque gozábamos intensamente con nuestras bocas, que se perdían en cada poro de la piel, y aunque nos deleitábamos cabalgando por el vergel del sexo, aún teníamos un punto de sensatez para protegernos de los imprevistos. No era corriente entre nuestros amigos tanta cordura y tanta frialdad, de pensar, con 16 años evitar los riesgos. Y es que nunca fuimos una pareja normal, más bien, hicimos de nuestro amor, un universo, cuyos únicos habitantes éramos nosotros. Eran días de pocas palabras y muchas caricias, sentimientos que nacían en la piel para morir en el pensamiento.

¡Cuántas cartas te escribí! Una por cada momento de ausencia, versos, besos y corazones dibujados, mis cosas y estudios durante tu ausencia. ¡Cuántos te quiero! anotaba en un cualquier trozo de papel, ya fuera una etiqueta o una hoja en blanco. Necesitaba decirte que eras el mundo con él que soñaba cuando no me robabas el sueño.

Y aquí estamos, frente a frente, echando la vista atrás para comprender qué nos ha pasado, en qué parte del camino tomamos cruces diferentes. Para entender porqué, ya no precisabas de mis manos en tu pecho, ni siquiera mis labios en tu cuerpo. Para intentar conocer que dejé de desconocer de ti. Y para preguntarte ¿qué sabes de mí? Ya no soy aquella jovencita, que escuchaba a los Pecos para imaginar en cada letra que eras tú, quien me cantaba, aquellas estrofas azucaradas y melosas,

“yo no quiero ser nube de ningún firmamento,

ni esconderme de nada cómo cualquier secreto.

No me gusta la calma que muere por dentro,

Sólo quiero mirarte y, decir que te quiero,

 y decir que te quiero…”

No, ya no soy aquella que se dejaba tocar con el ímpetu del deseo, ni aquella que, tras años de noviazgo, siguiendo los mandatos familiares y las tradiciones, te dio el “sí” en el altar, rodeados de un centenar de invitados.

No, ya no soy la esposa que te preparaba el pastel de queso cada domingo, para tu complacencia, mientras me pasaba horas limpiando la casa y te ponía tus calzoncillos encima de la cama, pues no tenías ni idea en que cajón de la mesita se guardaban.

No, ya no soy aquella que te dejaba las notas de un “te quiero” en la nevera, o en el asiento de tu coche, mientras me iba a mi trabajo, jornadas intensas y delatoras de un cansancio y una desidía reconvertidas en depresión.

No, ya no soy aquella que no cruzaba la calle si tú no lo hacías. Ni siquiera aquella, que guardaba silencio ante tus decisiones.

Mírame, mira mis ojos, siguen siendo negros y profundos, abismales, deseosos de otros besos, pues los tuyos se agotaron en el aburrimiento. Mira, mira mis ojos, ansiosos por aprender a vivir lo que me queda de vida, ahora que ya se acerca a la madurez de instantes no vividos.

Y es que me ahogo en esa vida que construimos en la mediocridad de la felicidad. Y me quemo en el deseo de saber quién soy. Se me encoge el corazón de no escribir al mundo los versos que se acumulan en esta cabecita, en ebullición y a punto de desbordarse como el caldo cuando hierve. Y como me duelen los huesos de no poder caminar buscando la aventura, en otras tierras ajenas a ésta, donde echaste raíces para morir en ella.

No, ya no soy esa que te montaba en la rutina de la noche, o despertaba con tu erección mañanera para satisfacer tu capricho. No, ahora soy yo la que juega a seducir, a experimentar esos juegos que tanto convencionalismo ocultaban a nuestras manos. No, ahora soy yo la que decido que calle deseo atravesar y a que ciudad partir.

Ya no soy aquella que, de tanta inocencia, tonta era, en todas tus respuestas. Ni la ingenua que jugaba a la familia feliz.

Y aquí estamos, frente a frente, para decirte, sin reproches, que fue bonito, como la canción. Mas, como todo en esta vida, siempre hay un final para un principio.

Éste es el final para aquel principio que nació hace…no recuerdo ya, para morir hoy.

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12 Comentarios

  1. Maravilloso, sublime, querida Dolors. Has escrito algo con el que muchos/as se identificarán. Un beso y feliz noche

    • Muchas gracias, Sandra por tus palabras. Un beso, querida amiga.

  2. Bello, sublime, me recuerda una historia que conozco, que lastima. Escenarios comunes por desgracia, cuyo boleto para entrar es la desdicha
    Y mis dudas se acrecentan, sobre todo una, de del enigma pendiente, ese que me envuelve con su manto de ignorancia… ¿De quién es la falla? Si así podemos llamarle, ¿de aquellos que eligieron, o de los elegidos?

    • Quizás de ambos. Uno por consentir y el otro por omitir. Mil gracias, Roberto. Mi cariño.

  3. Dolors es un relato tan real como la vida misma. Muchas personas se pueden ver reflejadas en el.

    Es increíble tu forma de escribir. Como tienes por costumbre para el deleite de todos aquellos que te seguimos.

    Un besazo.

  4. Com sempre la teva sensibilitat i romanticisme tenyeixen cada paraula de sentiments. Lleguir-te sempre et remou per dins i mai et defrauda.Ets meravellosa!

  5. No dejes tú que ese amor se apague
    ¡Por mucho que él sea un insensato!
    (Los hombres locos solemos ser así).
    Y lo peor de todo es que,
    Nunca desearíamos tener
    ¡Un amor que nos absorbiera!
    ¿Has sido amante alguna vez?

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