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El Escritor, relato

Amanece, sin un sol que acuchille este corazón, perdido en la oscuridad de tu ausencia. Echo la vista atrás, para ver tu estampa en la portada de un libro. Sí, así te conocí, en un libro que me robó el sentido. Tus ojos se descubrieron en palabras que me miraban, suplicando una pizca de atención. No pude resistir la tentación, me embaucaste al instante, y sin ni siquiera esperar llegar a mi casa, justo allí, en aquella librería venida a menos, te empecé a leer.

Recuerdo, perfectamente aquella noche, tan sólo tenía un pensamiento, leerte. Comer cada línea, ávida de conocerte, de embriagarme de tus desesperos, de los sentimientos escondidos entre adjetivos y sustantivos, verbos que definían al hombre, muerto en vida. ¿Qué ocurría en tu interior?, eso me acribilló aquella noche, en mis pensamientos, mientras no dejaba de meterme en ti, en tus letras. No pude dormir, el color de tu voz se coló en mis oídos, sin más referencia que un libro y la dirección del correo electrónico.

Necesitaba saber de ti, del hombre que asumía una vida de desagravios y necedades, de aquel que divagaba entre la maldad y la avaricia y, los cargos de conciencia. Te escribí, un correo plano, sin sentimiento, tan sólo, una toma de contacto, la lectora agradecida por leer tus palabras. Nunca imaginé tu respuesta:

«Querida, Carmen.

Gracias por tus hermosas palabras, ellas motivan a mi ingenio y pensamiento para no resistir las ganas de seguir escribiendo.

¿Te apetecería un café? Si es así, te espero en la cafetería de El Corte Inglés en Plaza Cataluña, jueves 16 h

Juan»

Era un lunes, y tu correo desordenó el lunes, y mi vida. No pude resistirme a aquella cita, y con el nerviosismo de no saber dónde me llevaría aquel encuentro, esperé el jueves, con el ansía de la quinceañera ante su primera cita.

El jueves llegó, en mi memoria, el protocolo que seguí para sentirme atractiva a tus ojos: falda de tubo negra, ceñida a mis piernas que habían ganado en generosidad con la madurez; mi camisa preferida, la blanca de seda, marcando las curvas de mis pechos redondos y pequeños, y la picardía de dejar el penúltimo botón, antes de llegar al cuello, desabrochado, insinuando mi sujetador, rosa pastel y de encaje; mis zapatos talismán, negros, de charol y tacón de 8 cm. ¡Sí! demasiado sexy para una primer encuentro, pero necesitaba sentirme bella y que tú me vieras como tal. Y es que esa noche de lectura, me enamoré de ti.

Como siempre, puntual hasta la médula, y aquel jueves no fue diferente, antes de la hora convenida, estaba allí. Pero tú, me adelantaste, te conocí por las fotos de las redes sociales, de la solapa de tu libro. Allí estabas tú, barba de cuatro días, camisa gris marengo, americana negra y, tus chinos estrechos y negros también. Pensé en ese instante, que las fotos no te hacían justicia. Me acerqué a la mesa, en un rincón del salón con vistas a la ciudad, haciéndola participe de aquel encuentro, que marcaría mi vida.

Dos besos de cordialidad, cuatro palabras de cortesía:

 ─Encantada, ─por mi parte.

─Igualmente, ─por la tuya.

Conversamos de libros y poesías, sin dejar de flirtear en miradas y gestos. Por minutos, entre nosotros se presentó una tensión electrizante, el deseo se colgó de tus ojos, y mis ganas en mis gestos nerviosos. Sin palabras, nos marchamos de allí. Seguí tus pasos, sin reparo, sin preguntas, prendida a ti como si no existiese nadie más. Aún guardo la tarjeta que abría aquella habitación de hotel, donde deshicimos los temores, entre besos de rabia y mordiscos de placer, desatando nuestros instintos. No hicimos el amor ¡no!, eran dos cuerpos necesitados de las embestidas, para calmar nuestras conciencias desangeladas. ¡No! no eran dos amantes buscando amor, éramos dos animales cuyas fauces precisaban el alimento de la subsistencia, sangre de caricias y esperma derramado, bajo la angustia de la ira. Aquella tarde nos desbocamos, y la locura nació en esa habitación.

Emprendimos un camino de piedras, que se clavaban a cada paso, tu orgullo ensombrecía un amor que, por mi parte, crecía como las canas de mis cabellos: a marcha forzada. Tus desprecios, ganaban paso a mis buenos días en los post-it de tu taza de café. Mi trabajo ocupaba parte de mis horas, mas para ti, era el momento de hurgar otras camas. Otras mujeres donde hallar el placer de lo más oscuro del sexo. Y cada noche, a mi vuelta de horas de teléfono y documentos, me sometía a tus deseos. Escuchaba con ahínco las palabras escritas, en tu tiempo de recogimiento, en esos momentos que expiabas tus culpas y azotabas tu espalda, por las huellas dejadas a tu paso. Prestaba oídos, a tus versos…mientras mi corazón se escurría por la fregadera de tus vaivenes, clamando tu amor.

Así pasaron semanas, meses. Todavía me pregunto el porqué seguías a mi vera, compartías mi cama, vaciabas mi nevera. Quiero entender, que era la única, que aguantaba tu mal humor, el cinismo de tus palabras hirientes, los gestos desaprobadores de todo aquello que no fuera tuyo. La única en aceptar el compromiso de lealtad, pero no fidelidad. Falacia engalanada en tu poesía. Eras tú el beneficiario de nuestro pacto, mientras yo debía acatar tu voluntad. Ya sabías demasiado de mí, para meter el dedo en la llaga según convenía. Así pasaron por mi cama y mi sofá, amigas y enemigas; putas y reputas.

En mi ingenuidad, cada noche, me vencías con esos besos malditos por la perfidia, acataba tus ligaduras, como la esclava que besaba tus pies. Me doblegaba a tu sexo, duro y salvaje, acallando el dolor que me provocabas y ofreciéndote el mejor de mis gemidos. Cargabas contra mí, como el saco del boxeador, practicando su mejor diestra. Días y noches, noches y días, silencio y lágrimas, sangre y sal. Meses que se alargaron en un año donde mis curvas se convirtieron en rectas. Mis redondeces en simples puntos de referencia. Mientras tu crecías en ego, en fama, tu libro por fin, triunfaba. Y piedras y más piedras que se interponían entre tus días y mis días. Broncas, reproches, malas contestaciones que se resolvían en el colchón desnudo de amor.

Hasta aquella tarde fatídica, ─¿te acuerdas? Presentabas tu libro en aquella importante galería de arte, siempre nos unió el amor por el Arte, ¡lástima!, quizás era de las pocas cosas que amábamos. Todo se desarrollaba según lo esperado, un gran público vencido a tus encantos. Retrocediendo en los pensamientos, eso eras un encantador de víboras con mucho veneno que inocular, el veneno de la infamia. La fiesta posterior al acto, dio para mucho, cava, gin tonics, mojitos. Música chillout para seducir los oídos y aún más a los invitados. Estabas soberbio, nunca te faltó belleza, esa es la verdad. Y yo henchida de orgullo paseaba el mejor de mis trajes que se ajustaba a mi piel, traduciendo la ligereza de mi cuerpo. Alguien brindó por mis encantos, desviando la atención sobre ti, el coqueteo se transformó en agradecimiento, por mi parte. La rabia y el despecho se acumuló en tus venas, ensanchando tu perversión que se desató una hora después, en mis costillas, en mi cara, en mi vagina. Al amparo de la soledad de nuestra habitación, donde el silencio se adueñó de mis lágrimas, el lugar del crimen de nuestro amor. ¡No! de mi amor. Me ataste a tu mente para subyugarme a tus deseos. Deseos de fama. De conquistar corazones ajen0s sin la responsabilidad de dar explicaciones. Deseos del dios que es invocado en cada plegaría, prometiendo milagros. Y cedí a ellos, esos anhelos de perversión siendo cómplice de tu crueldad.

No me mataste, tan solo me dejaste malherida. Días de hospital, horas de declaración ante el juez. Y tú en mi mente, pudriendo lo mejor de mí, como la herrumbre en los postigos de las puertas. Gimiendo dolor, llorando desesperación, sangrando culpa. Vuelvo a mi soledad, la que acaricia y no golpea; la que escucha y no grita; la soledad que se aferra a mis brazos para darme el calor que tú no supiste.

Una orden de alejamiento te aparta de mí, pero cada lunes, cada nueva semana, la penumbra se asienta en mis días con el temor de no romper estas esposas que me unen a ti. En mí solo queda el sentimiento del perdón, sé que eres un enfermo, pero yo, nunca más seré tu enfermera y menos aún tu mujer.

Y amanece de nuevo, y un rayo se cuela por la rendija de mi persiana.

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25 Comentarios

  1. Y ahora todos los escritores que hemos sentido esa pasión de Dolors nos sentiremos celosos irremediablemente de Juan…

    • Mil gracias, Queiro, viniendo de ti, me hace sentirme feliz. Un beso.

  2. Que arte tienes, Dolors. Me ha encantado este relato de “El escritor”. Te sigo animando a escribir una novela. Nos la debes. Un abrazo.

  3. Una descripción increíble llena de una fuerte emoción. Enhorabuena!
    Un abrazo.

  4. El relato vive…vive el doble entre quienes vivimos con libros, escritos, escritores pues el esfuerzo por configurar imágenes es menor y la intensidad del gozo LITERARIO mayor…excelente relato que retrata ese EGO NATURAL de los escritores que llevan consigo aunque la humildad les obligue a negarlo. NUNCA te enamores de un escritor. Decía un día una víctima; Añadiendo, se sufre al final.

    • Mucha verdad. Mil gracias por entrar y comentar.

    • A veces el ego nos conduce a la crueldad con los demás. Pero como en todo en esta vida, no todos los escritores son iguales, por suerte. Mil gracias.

  5. Espectacular. Enganchada hasta el final. Enhorabuena, Dolors!! Besazos.

  6. Dolors, hacía tiempo que no disponía de un momento para leerte. Hoy lo hago de nuevo con este relato, y tengo que decirte que ole, ole y ole. Consigues que se me encoja el pecho y vivir cada emoción que describes. Gracias!

    • Mil gracias a ti, recibir estos mensajes apartan mis dudas de seguir o no escribiendo. Un beso.

  7. Buenísimo, Dolors!! ⚘

  8. Enhorabuena Dolors, fuerte el relato, puro sentimiento que estrujan el corazón, porque lo contado estruja el corazón y nos habla de lo muy bien que cuentas las cosas, la vida, las situaciones que de alguna manera a todos roza.

    • Realidad o no son emociones y sentimientos sentidos. Gracias, Pino.

  9. Ese ego que nos convierte en rockstars y nos hace creer que somos invencibles. El problema viene cuando en realidad nos damos cuenta de que sí lo somos. Entonces reaccionamos de la peor manera…

    Gracias nuevamente por este texto

  10. Los escritores somos egoístas, sí. Suerte que no todos seamos tan violentos y megalómanos. Todavía se puede vivir una pasión, mejor que la de tu gran relato. Gracias F.

    • Así es, Enrique existen historias que trascienden a las personas. Gracias y suerte que no todos sois así. Un beso.

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